Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (I)
Durante mucho tiempo hemos dado por hecho que los objetos están ahí para servirnos.
Los hemos entendido como extensiones de nuestra voluntad: herramientas que amplifican nuestras capacidades, dispositivos que resuelven problemas, artefactos que obedecen. En ese marco, el diseño aparece como una disciplina orientada a la eficiencia, a la mejora, a la optimización de lo dado.
Pero esta idea, aparentemente intuitiva, es también profundamente incompleta.
Porque si observamos con más atención, empieza a aparecer otra posibilidad: que los objetos no solo responden a nuestras intenciones, sino que también las configuran. Que no son únicamente el resultado de decisiones humanas, sino también agentes que participan en cómo esas decisiones se forman.
No diseñamos objetos en el vacío. Diseñamos condiciones.
In-Mold Electronics — Sugaar Studio para CS Centro Stirling, 2021.Un objeto, una vez introducido en el mundo, no se limita a cumplir su función. Modula comportamientos, organiza gestos, establece ritmos. Define lo que es fácil y lo que es difícil, lo que es visible y lo que permanece en segundo plano. En ese sentido, cada objeto contiene una pequeña arquitectura de posibilidades.
Un picaporte sugiere cómo entrar.
Una silla determina cómo sentarse.
Un teléfono redefine la distancia.
No son imposiciones explícitas, sino orientaciones silenciosas. Y sin embargo, esas orientaciones, repetidas en el tiempo, acaban sedimentando en hábitos. Y los hábitos, a su vez, en formas de vida.
Quizá por eso la idea de que “los objetos nos diseñan” no es una metáfora. Es una descripción bastante precisa de lo que ocurre en la práctica cotidiana.
No se trata de atribuir intencionalidad a las cosas, como si los objetos “quisieran” algo. Se trata más bien de reconocer que forman parte activa de los sistemas en los que vivimos. Que participan en la configuración de lo posible.
En este sentido, el diseño deja de ser únicamente una actividad proyectual y se convierte en algo más amplio: una práctica que interviene en la estructura misma de la experiencia.
Diseñar no es solo dar forma a un objeto.
Es intervenir en un campo de relaciones.
Y si esto es así, entonces la distinción entre sujeto y objeto empieza a volverse menos clara. Porque aquello que diseñamos también nos devuelve una forma. Nos moldea, nos limita, nos habilita.
Tal vez nunca hemos sido completamente autónomos. Tal vez siempre hemos estado, en algún grado, diseñados por las cosas que nos rodean.
Pensar en los objetos de este modo implica desplazar la mirada. Dejar de verlos como entidades pasivas y empezar a entenderlos como elementos activos dentro de una red más amplia. Y es en ese desplazamiento donde empieza a aparecer otra categoría posible: la de los objetos disidentes.
Objetos que no se limitan a reforzar lo existente, sino que introducen desviaciones. Que no solo facilitan, sino que interrumpen. Que no se alinean completamente con las expectativas que proyectamos sobre ellos. Objetos que, de algún modo, nos obligan a reconsiderar cómo vivimos.
Quizá no porque tengan una intención propia, sino porque abren un espacio en el que nuestras propias certezas dejan de ser suficientes.
Tal vez nunca hemos estado del todo solos al diseñar.



















