24 mayo, 2026

Los objetos que nunca estuvieron quietos

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (III)

Hay culturas en las que las cosas nunca estuvieron completamente quietas.

No porque hablaran o pensaran. Ni siquiera porque actuaran de forma visible. Simplemente parecían poseer una presencia: una lámpara encendida al fondo de una habitación silenciosa; Una tetera humeando lentamente mientras cae la lluvia; una bicicleta apoyada junto a una pequeña estación vacía; un tren atravesando lentamente un paisaje cubierto de niebla.

El Viaje de Chihiro, Hayao Miyazaki, Studio Ghibli, 2001.

En muchas películas de Studio Ghibli los objetos no son un mero decorado. Tampoco funcionan únicamente como herramientas. Habitan el mundo de una forma difícil de explicar. Permanecen ahí, acompañando silenciosamente la experiencia, como si conservaran una especie de memoria o de respiración propia.

Quizá por eso resulta tan difícil distinguir, en esos universos, dónde termina exactamente lo humano y dónde comienza el reino de las cosas. En las películas de Hayao Miyazaki, los objetos no parecen simples herramientas a nuestro servicio, pero tampoco llegan a comportarse como personajes. Simplemente están ahí, ocupando el mundo de otra manera: acompañan, observan, persisten.

No es casual que muchos de esos mundos estén profundamente atravesados por una sensibilidad cercana al sintoísmo, donde las cosas no son completamente inertes ni completamente separadas de la vida. Allí, incluso los objetos cotidianos parecen poseer una cierta continuidad espiritual.

El Castillo Ambulante, Hayao Miyazaki, Studio Ghibli, 2004.

Occidente ha pensado durante siglos los objetos como entidades pasivas. Materia organizada para cumplir una función. Herramientas al servicio de una voluntad exterior. Cosas inmóviles que esperan ser activadas por alguien.

Pero hay momentos en los que esa idea parece volverse insuficiente.

No solo ahora, con los sistemas inteligentes o los algoritmos predictivos. Mucho antes de todo eso, algunas culturas ya intuían que la relación entre las personas y las cosas era más compleja, más ambigua y quizá también más íntima.

Porco Rosso, Hayao Miyazaki, Studio Ghibli, 1992.

En ciertas tradiciones japonesas existe la idea de que los objetos, después de muchos años de existencia, pueden llegar a adquirir una forma elemental de presencia. No se trata exactamente de que cobren vida, sino de algo más difícil de nombrar: como si el tiempo, el uso y la convivencia dejaran una huella en ellos.

Tal vez por eso algunos objetos antiguos producen una sensación extraña. No parecen completamente inertes. Conservan algo. Una temperatura emocional difícil de explicar. Una especie de paciencia.

Quizá el problema contemporáneo no sea únicamente que los objetos hayan empezado a actuar. Quizá lo verdaderamente importante es que hemos olvidado cómo convivir con cosas que nunca fueron del todo silenciosas.

Y quizá por eso las películas de Studio Ghibli resultan hoy tan inquietantes y tan hermosas al mismo tiempo. Porque en ellas las cosas no obedecen del todo. Pero tampoco dominan.

Simplemente comparten el mundo con nosotros.

19 abril, 2026

El objeto que transforma la experiencia

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (II)

Hay objetos que, con el paso del tiempo, dejan de parecernos extraños. Se integran en nuestra vida cotidiana de tal manera que acaban volviéndose invisibles, como si siempre hubieran estado ahí. Forman parte del paisaje hasta el punto de que cuesta imaginar un mundo en el que no existieran.

Y, sin embargo, hubo un momento en el que no encajaban en el flujo de la experiencia.

No porque funcionaran mal o fueran defectuosos, sino porque hacían posible algo que antes no existía. Introducían una variación, a veces pequeña, pero suficiente como para alterar nuestra forma de ver y de estar en el mundo.

Ese instante inicial, en el que un objeto todavía no ha sido completamente asimilado, resulta especialmente interesante. Porque en él no estamos ante una mejora incremental ni ante una optimización de lo conocido, sino ante un desplazamiento en la experiencia. Algo cambia, aunque no siempre sepamos nombrarlo con precisión.

El Sony Walkman es un ejemplo especialmente claro de este tipo de transformación.

Sony Walkman. Akio Morita, Masaru Ibuka y Kozo Ohsone, 1979.

Antes de su aparición, escuchar música era, en gran medida, una actividad situada. Ocurría en un espacio concreto —un salón, una habitación, un coche— y, en muchos casos, implicaba una cierta dimensión compartida. La música pertenecía al entorno y, de algún modo, también a los demás.

Con la llegada del Walkman, esa relación se modifica de forma sutil pero profunda. La música deja de estar ligada a un lugar y pasa a acompañar al individuo. Se vuelve portátil, sí, pero sobre todo se vuelve íntima. Aparece la posibilidad de construir una burbuja personal en medio del espacio público, de recorrer la ciudad sin compartir necesariamente su sonido.

No se trata solo de un dispositivo que reproduce música. Se trata de un objeto que reorganiza una experiencia.

A partir de ahí, comienzan a transformarse aspectos que, hasta entonces, parecían estables: la forma de desplazarse, la percepción del entorno, la relación con los otros. Caminar por la calle escuchando música, abstraído del ruido exterior, pudo parecer en su momento extraño o incluso inapropiado. Sin embargo, con el tiempo, ese gesto se ha vuelto completamente natural.

Lo que en un primer momento no encajaba termina, poco a poco, redefiniendo lo que entendemos como normal.

Quizá ahí se puede situar una primera aproximación a lo que aquí llamo un objeto disidente. No tanto aquel que se opone frontalmente a lo existente, sino aquel que introduce una variación lo suficientemente significativa como para desplazar una experiencia y abrir la posibilidad de otras formas de vida.

Se trata de objetos que no se limitan a responder a necesidades previamente definidas, sino que participan en la configuración de nuevas sensibilidades, nuevos hábitos y nuevas maneras de relacionarnos con el mundo.

Por eso, tal vez, la pregunta relevante no sea únicamente si un objeto funciona o no, o si resuelve adecuadamente un problema, sino qué tipo de experiencia hace posible, qué formas de estar en el mundo introduce y cuáles, quizá sin que nos demos cuenta, deja atrás.

Tal vez no recordamos los objetos en sí,
pero sí las formas de estar en el mundo que hicieron posibles.

16 abril, 2026

Los objetos nos diseñan

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (I)

Durante mucho tiempo hemos dado por hecho que los objetos están ahí para servirnos.

Los hemos entendido como extensiones de nuestra voluntad: herramientas que amplifican nuestras capacidades, dispositivos que resuelven problemas, artefactos que obedecen. En ese marco, el diseño aparece como una disciplina orientada a la eficiencia, a la mejora, a la optimización de lo dado.

Pero esta idea, aparentemente intuitiva, es también profundamente incompleta.

Porque si observamos con más atención, empieza a aparecer otra posibilidad: que los objetos no solo responden a nuestras intenciones, sino que también las configuran. Que no son únicamente el resultado de decisiones humanas, sino también agentes que participan en cómo esas decisiones se forman.

No diseñamos objetos en el vacío. Diseñamos condiciones.

In-Mold Electronics — Sugaar Studio para CS Centro Stirling, 2021.

Un objeto, una vez introducido en el mundo, no se limita a cumplir su función. Modula comportamientos, organiza gestos, establece ritmos. Define lo que es fácil y lo que es difícil, lo que es visible y lo que permanece en segundo plano. En ese sentido, cada objeto contiene una pequeña arquitectura de posibilidades.

Un picaporte sugiere cómo entrar.
Una silla determina cómo sentarse.
Un teléfono redefine la distancia.

No son imposiciones explícitas, sino orientaciones silenciosas. Y sin embargo, esas orientaciones, repetidas en el tiempo, acaban sedimentando en hábitos. Y los hábitos, a su vez, en formas de vida.

Quizá por eso la idea de que “los objetos nos diseñan” no es una metáfora. Es una descripción bastante precisa de lo que ocurre en la práctica cotidiana.

No se trata de atribuir intencionalidad a las cosas, como si los objetos “quisieran” algo. Se trata más bien de reconocer que forman parte activa de los sistemas en los que vivimos. Que participan en la configuración de lo posible.

En este sentido, el diseño deja de ser únicamente una actividad proyectual y se convierte en algo más amplio: una práctica que interviene en la estructura misma de la experiencia.

Diseñar no es solo dar forma a un objeto.
Es intervenir en un campo de relaciones.

Y si esto es así, entonces la distinción entre sujeto y objeto empieza a volverse menos clara. Porque aquello que diseñamos también nos devuelve una forma. Nos moldea, nos limita, nos habilita.

Tal vez nunca hemos sido completamente autónomos. Tal vez siempre hemos estado, en algún grado, diseñados por las cosas que nos rodean.

Pensar en los objetos de este modo implica desplazar la mirada. Dejar de verlos como entidades pasivas y empezar a entenderlos como elementos activos dentro de una red más amplia. Y es en ese desplazamiento donde empieza a aparecer otra categoría posible: la de los objetos disidentes.

Objetos que no se limitan a reforzar lo existente, sino que introducen desviaciones. Que no solo facilitan, sino que interrumpen. Que no se alinean completamente con las expectativas que proyectamos sobre ellos. Objetos que, de algún modo, nos obligan a reconsiderar cómo vivimos.

Quizá no porque tengan una intención propia, sino porque abren un espacio en el que nuestras propias certezas dejan de ser suficientes.

Tal vez nunca hemos estado del todo solos al diseñar.

24 diciembre, 2025

La materia de la memoria

A lo largo del año que está a punto de terminar nos han dejado varios diseñadores, arquitectos y pensadores cuya obra transformó nuestra manera de habitar, mirar y comprender el mundo material. Cada uno de ellos contribuyó, desde lenguajes y disciplinas distintas, a expandir la cultura del diseño y a cuestionar sus límites.

Sus objetos, edificios, ideas y gestos siguen entre nosotros: persisten como huellas, referencias y semillas de futuros posibles.

Este es nuestro pequeño homenaje a quienes, con su trabajo, hicieron más ancho y más complejo el territorio del diseño contemporáneo:

Dennis Crompton (1935–2025)
Miembro fundamental de Archigram, Crompton fue uno de los grandes agitadores del imaginario arquitectónico del siglo XX. Su trabajo, siempre experimental, ayudó a expandir las fronteras de lo posible mediante visiones móviles, tecnológicas y radicales. Su papel como archivista y memoria viva del grupo fue, además, decisivo para preservar un fascinante legado que sigue inspirando a muchos jóvenes diseñadores.

Léon Krier (1946–2025)
Teórico y urbanista imprescindible para entender el neotradicionalismo europeo y la crítica al urbanismo moderno. Krier defendió con convicción una ciudad compacta, legible, humana, basada en tipologías perdurables. Figura polémica y brillante, su influencia alcanza tanto a los defensores del “nuevo urbanismo” como a quienes lo discuten con pasión.

Ricardo Scofidio (1935–2025)
Co-fundador de Diller + Scofidio, Ricardo Scofidio fue una de las voces más lúcidas y críticas de la arquitectura contemporánea. Su trabajo exploró las fronteras entre arte, performance, tecnología y espacio público, desde instalaciones pioneras hasta proyectos emblemáticos como el High Line de Nueva York. Fue, ante todo, un pensador que entendió la arquitectura como un acto cultural profundamente político.

Yrjö Kukkapuro (1933–2025)
Maestro del diseño finlandés y defensor incansable de la ergonomía como ética y como poética. Kukkapuro creó piezas que unían investigación, técnica y humanidad: la célebre silla Karuselli y sus estudios experimentales con materiales compuestos marcaron generaciones. Su legado perdura como una lección de cómo la esencia del diseño puede ser, al mismo tiempo, rigor y libertad.

Jorge Pensi (1946–2025)
Figura clave del diseño español contemporáneo, Pensi logró dotar a sus piezas de una claridad formal que parecía inevitable. La silla Toledo, convertida en icono internacional, sintetiza su capacidad para unir industrialización, elegancia y memoria mediterránea. Su obra completa —muebles, luminarias, interiores— seguirá iluminando el paisaje del diseño por muchos años.

William L. “Bill” Porter Jr. (1937–2025)
Diseñador automovilístico estadounidense cuya carrera en General Motors contribuyó a definir el imaginario visual del automóvil norteamericano de finales de los años sesenta. Desde su trabajo en Pontiac y Buick, Porter participó en la construcción de siluetas exuberantes y dinámicas que hicieron del coche un objeto de deseo: formas alargadas, tensiones controladas y superficies expresivas que aún hoy condensan una época.

Robert A. M. Stern (1939–2025)
Arquitecto estadounidense y referente del clasicismo contemporáneo, Stern defendió una modernidad capaz de dialogar con la historia sin nostalgia ni dogmatismos. Su obra —desde campus universitarios hasta edificios residenciales de gran influencia tipológica— combina disciplina, armonía y una visión urbana de largo alcance. Su figura marcó el debate arquitectónico de las últimas décadas.

Frank Gehry (1929–2025)
Figura central de la arquitectura contemporánea y autor de algunos de los monumentos urbanos más cinematográficos del último medio siglo. Gehry convirtió el material en gesto —desde el Guggenheim Bilbao Museoa a la célebre Wiggle Chair— y taladró la rigidez modernista con formas escultóricas que cambiaron la manera en que las ciudades se piensan y se promocionan. Su obra, polémica y celebrada a la vez, nos recuerda que el diseño y la arquitectura pueden ser, al mismo tiempo, espectáculo, ensayo técnico y catalizador social.

Que la tierra os sea leve, maestros.

23 diciembre, 2025

Let’s Design a Beautiful 2026!

El año que se avecina es como un sendero desconocido, lleno de paisajes por descubrir, proyectos por explorar y momentos que quedarán en nuestra memoria.

Para celebrarlo, un cascabel de hielo en forma de sphericon, un fascinante cuerpo geométrico que posee una única cara, dos aristas semicirculares y cuatro vértices que definen un cuadrado.

Que este año 2026 esté lleno de aventuras inolvidables, alegría, curiosidad e imaginación en cada paso.

¡Feliz Año Nuevo!

12 diciembre, 2025

Historia del Diseño Centrado en la Vida

En los últimos años, el interés por las relaciones entre el diseño y el mundo natural ha crecido y se ha diversificado de forma espectacular. A la mera imitación de las formas, procesos y sistemas naturales, se ha sumado un creciente número de aproximaciones diferenciadas que incluyen la incorporación de organismos vivos al diseño de productos, la exploración de las tecnologías indígenas o la consideración de la empatía, la compasión o la belleza.

En esta nueva aventura didáctica exploraremos la evolución histórica del papel de la vida en el diseño del mundo que nos rodea. Este conocimiento de nuestro pasado común informará las decisiones que tomemos hoy sobre la sostenibilidad de los objetos futuros y tendrá un efecto significativo y perdurable en la regeneración de nuestro planeta.

Al finalizar el curso, los participantes no solo habrán adquirido una comprensión sólida del propósito, los valores, las ideas y las realizaciones del diseño centrado en la vida a lo largo de la historia, sino que también estarán equipados con habilidades prácticas para orientar estos principios hacia sus trabajos cotidianos. Más allá de los beneficios técnicos y estéticos, el curso busca fomentar una relación más significativa y profunda con el mundo natural, reconociendo su papel vital en la creación de un futuro más responsable, sostenible y equilibrado para todos.

¿Estás buscando nuevas posibilidades? Comparte tu visión con nosotros.

En este enlace puedes saber más sobre la oferta formativa de SUGAAR STUDIO y sobre este fascinante curso. ¡Queremos conocerte!

07 diciembre, 2025

Frank Gehry (1929–2025)

Frank Gehry no fue solamente un arquitecto: fue un escultor del espacio, un revolucionario de la forma, un visionario que demostró que la arquitectura puede emocionar, desafiar y transformar la ciudad. Con su obra rompió moldes y prejuicios: conjugó materiales industriales con formas fluidas, provocativas, casi líquidas, y convirtió edificios en experiencias sensoriales antes que en meros contenedores funcionales.

Desde su emblemático Guggenheim Bilbao Museoa hasta el Hotel Marqués de Riscal en Elciego, pasando por decenas de obras que hoy marcan paisajes urbanos de ciudades alrededor del mundo, Gehry reinterpretó el lenguaje arquitectónico moderno. Sus diseños —danzantes, ondulados, inesperados— introdujeron una libertad radical en la estética de lo construido, desafiando las nociones tradicionales de orden, simetría y ortodoxia del movimiento moderno.

Hotel Marqués de Riscal, Elciego, Álava, 2006.

Pero más allá del impacto visual o mediático, su importancia radica en haber expandido la imaginación colectiva sobre lo posible: mostró que un edificio no tiene que “parecer un edificio”, que puede evocar movimiento, emoción, contradicción, e incluso ironía.

Wiggle Chair, Vitra, 1972.

Frank Gehry trasladó su inquietud experimental también al diseño de mobiliario, convirtiendo lo cotidiano en un campo fértil para la exploración material. Su serie Easy Edges (1972), realizada en cartón ondulado laminado, demostró que un material humilde podía transformarse en piezas resistentes, escultóricas y sorprendentemente elegantes. Entre ellas destaca la célebre Wiggle Chair, convertida en un icono del diseño del siglo XX.

Power Play Chair and Ottoman, Knoll, 1990

Años más tarde, con la colección Experimental Edges, llevó aún más lejos esa lógica de improvisación controlada, creando muebles que parecían dibujados en el aire. En ese tránsito hacia un lenguaje cada vez más fluido y gestual, diseñó también la silla Power Play (1990) en madera laminada, cuyo dinamismo ondulante dialogaba con las curvas arquitectónicas de su obra. Estas piezas condensaban, a escala íntima, la misma voluntad de romper con las convenciones que caracterizó toda la trayectoria de Gehry.

Hoy, al despedirnos de él, no lamentamos solo la pérdida de un creador: celebramos un legado inmenso, una manera de pensar la forma y el espacio que continuará inspirando a arquitectos, diseñadores, artistas y ciudadanos durante generaciones. Su huella es tan visible como sus siluetas curvas sobre el horizonte urbano: pervive en la memoria, en la forma en que miramos sus muebles y sus edificios, y en las posibilidades que nos enseñó a imaginar.

Que la tierra te sea leve, maestro.