Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (III)
Hay culturas en las que las cosas nunca estuvieron completamente quietas.
No porque hablaran o pensaran. Ni siquiera porque actuaran de forma visible. Simplemente parecían poseer una presencia: una lámpara encendida al fondo de una habitación silenciosa; Una tetera humeando lentamente mientras cae la lluvia; una bicicleta apoyada junto a una pequeña estación vacía; un tren atravesando lentamente un paisaje cubierto de niebla.
En muchas películas de Studio Ghibli los objetos no son un mero decorado. Tampoco funcionan únicamente como herramientas. Habitan el mundo de una forma difícil de explicar. Permanecen ahí, acompañando silenciosamente la experiencia, como si conservaran una especie de memoria o de respiración propia.
Quizá por eso resulta tan difícil distinguir, en esos universos, dónde termina exactamente lo humano y dónde comienza el reino de las cosas. En las películas de Hayao Miyazaki, los objetos no parecen simples herramientas a nuestro servicio, pero tampoco llegan a comportarse como personajes. Simplemente están ahí, ocupando el mundo de otra manera: acompañan, observan, persisten.
No es casual que muchos de esos mundos estén profundamente atravesados por una sensibilidad cercana al sintoísmo, donde las cosas no son completamente inertes ni completamente separadas de la vida. Allí, incluso los objetos cotidianos parecen poseer una cierta continuidad espiritual.
Occidente ha pensado durante siglos los objetos como entidades pasivas. Materia organizada para cumplir una función. Herramientas al servicio de una voluntad exterior. Cosas inmóviles que esperan ser activadas por alguien.
Pero hay momentos en los que esa idea parece volverse insuficiente.
No solo ahora, con los sistemas inteligentes o los algoritmos predictivos. Mucho antes de todo eso, algunas culturas ya intuían que la relación entre las personas y las cosas era más compleja, más ambigua y quizá también más íntima.
En ciertas tradiciones japonesas existe la idea de que los objetos, después de muchos años de existencia, pueden llegar a adquirir una forma elemental de presencia. No se trata exactamente de que cobren vida, sino de algo más difícil de nombrar: como si el tiempo, el uso y la convivencia dejaran una huella en ellos.
Tal vez por eso algunos objetos antiguos producen una sensación extraña. No parecen completamente inertes. Conservan algo. Una temperatura emocional difícil de explicar. Una especie de paciencia.
Quizá el problema contemporáneo no sea únicamente que los objetos hayan empezado a actuar. Quizá lo verdaderamente importante es que hemos olvidado cómo convivir con cosas que nunca fueron del todo silenciosas.
Y quizá por eso las películas de Studio Ghibli resultan hoy tan inquietantes y tan hermosas al mismo tiempo. Porque en ellas las cosas no obedecen del todo. Pero tampoco dominan.
Simplemente comparten el mundo con nosotros.











