19 abril, 2026

El objeto que transforma la experiencia

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (II)

Hay objetos que, con el paso del tiempo, dejan de parecernos extraños. Se integran en nuestra vida cotidiana de tal manera que acaban volviéndose invisibles, como si siempre hubieran estado ahí. Forman parte del paisaje hasta el punto de que cuesta imaginar un mundo en el que no existieran.

Y, sin embargo, hubo un momento en el que no encajaban en el flujo de la experiencia.

No porque funcionaran mal o fueran defectuosos, sino porque hacían posible algo que antes no existía. Introducían una variación, a veces pequeña, pero suficiente como para alterar nuestra forma de ver y de estar en el mundo.

Ese instante inicial, en el que un objeto todavía no ha sido completamente asimilado, resulta especialmente interesante. Porque en él no estamos ante una mejora incremental ni ante una optimización de lo conocido, sino ante un desplazamiento en la experiencia. Algo cambia, aunque no siempre sepamos nombrarlo con precisión.

El Sony Walkman es un ejemplo especialmente claro de este tipo de transformación.

Sony Walkman. Akio Morita, Masaru Ibuka y Kozo Ohsone, 1979.

Antes de su aparición, escuchar música era, en gran medida, una actividad situada. Ocurría en un espacio concreto —un salón, una habitación, un coche— y, en muchos casos, implicaba una cierta dimensión compartida. La música pertenecía al entorno y, de algún modo, también a los demás.

Con la llegada del Walkman, esa relación se modifica de forma sutil pero profunda. La música deja de estar ligada a un lugar y pasa a acompañar al individuo. Se vuelve portátil, sí, pero sobre todo se vuelve íntima. Aparece la posibilidad de construir una burbuja personal en medio del espacio público, de recorrer la ciudad sin compartir necesariamente su sonido.

No se trata solo de un dispositivo que reproduce música. Se trata de un objeto que reorganiza una experiencia.

A partir de ahí, comienzan a transformarse aspectos que, hasta entonces, parecían estables: la forma de desplazarse, la percepción del entorno, la relación con los otros. Caminar por la calle escuchando música, abstraído del ruido exterior, pudo parecer en su momento extraño o incluso inapropiado. Sin embargo, con el tiempo, ese gesto se ha vuelto completamente natural.

Lo que en un primer momento no encajaba termina, poco a poco, redefiniendo lo que entendemos como normal.

Quizá ahí se puede situar una primera aproximación a lo que aquí llamo un objeto disidente. No tanto aquel que se opone frontalmente a lo existente, sino aquel que introduce una variación lo suficientemente significativa como para desplazar una experiencia y abrir la posibilidad de otras formas de vida.

Se trata de objetos que no se limitan a responder a necesidades previamente definidas, sino que participan en la configuración de nuevas sensibilidades, nuevos hábitos y nuevas maneras de relacionarnos con el mundo.

Por eso, tal vez, la pregunta relevante no sea únicamente si un objeto funciona o no, o si resuelve adecuadamente un problema, sino qué tipo de experiencia hace posible, qué formas de estar en el mundo introduce y cuáles, quizá sin que nos demos cuenta, deja atrás.

Tal vez no recordamos los objetos en sí,
pero sí las formas de estar en el mundo que hicieron posibles.

16 abril, 2026

Los objetos nos diseñan

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (I)

Durante mucho tiempo hemos dado por hecho que los objetos están ahí para servirnos.

Los hemos entendido como extensiones de nuestra voluntad: herramientas que amplifican nuestras capacidades, dispositivos que resuelven problemas, artefactos que obedecen. En ese marco, el diseño aparece como una disciplina orientada a la eficiencia, a la mejora, a la optimización de lo dado.

Pero esta idea, aparentemente intuitiva, es también profundamente incompleta.

Porque si observamos con más atención, empieza a aparecer otra posibilidad: que los objetos no solo responden a nuestras intenciones, sino que también las configuran. Que no son únicamente el resultado de decisiones humanas, sino también agentes que participan en cómo esas decisiones se forman.

No diseñamos objetos en el vacío. Diseñamos condiciones.

In-Mold Electronics — Sugaar Studio para CS Centro Stirling, 2021.

Un objeto, una vez introducido en el mundo, no se limita a cumplir su función. Modula comportamientos, organiza gestos, establece ritmos. Define lo que es fácil y lo que es difícil, lo que es visible y lo que permanece en segundo plano. En ese sentido, cada objeto contiene una pequeña arquitectura de posibilidades.

Un picaporte sugiere cómo entrar.
Una silla determina cómo sentarse.
Un teléfono redefine la distancia.

No son imposiciones explícitas, sino orientaciones silenciosas. Y sin embargo, esas orientaciones, repetidas en el tiempo, acaban sedimentando en hábitos. Y los hábitos, a su vez, en formas de vida.

Quizá por eso la idea de que “los objetos nos diseñan” no es una metáfora. Es una descripción bastante precisa de lo que ocurre en la práctica cotidiana.

No se trata de atribuir intencionalidad a las cosas, como si los objetos “quisieran” algo. Se trata más bien de reconocer que forman parte activa de los sistemas en los que vivimos. Que participan en la configuración de lo posible.

En este sentido, el diseño deja de ser únicamente una actividad proyectual y se convierte en algo más amplio: una práctica que interviene en la estructura misma de la experiencia.

Diseñar no es solo dar forma a un objeto.
Es intervenir en un campo de relaciones.

Y si esto es así, entonces la distinción entre sujeto y objeto empieza a volverse menos clara. Porque aquello que diseñamos también nos devuelve una forma. Nos moldea, nos limita, nos habilita.

Tal vez nunca hemos sido completamente autónomos. Tal vez siempre hemos estado, en algún grado, diseñados por las cosas que nos rodean.

Pensar en los objetos de este modo implica desplazar la mirada. Dejar de verlos como entidades pasivas y empezar a entenderlos como elementos activos dentro de una red más amplia. Y es en ese desplazamiento donde empieza a aparecer otra categoría posible: la de los objetos disidentes.

Objetos que no se limitan a reforzar lo existente, sino que introducen desviaciones. Que no solo facilitan, sino que interrumpen. Que no se alinean completamente con las expectativas que proyectamos sobre ellos. Objetos que, de algún modo, nos obligan a reconsiderar cómo vivimos.

Quizá no porque tengan una intención propia, sino porque abren un espacio en el que nuestras propias certezas dejan de ser suficientes.

Tal vez nunca hemos estado del todo solos al diseñar.

24 diciembre, 2025

La materia de la memoria

A lo largo del año que está a punto de terminar nos han dejado varios diseñadores, arquitectos y pensadores cuya obra transformó nuestra manera de habitar, mirar y comprender el mundo material. Cada uno de ellos contribuyó, desde lenguajes y disciplinas distintas, a expandir la cultura del diseño y a cuestionar sus límites.

Sus objetos, edificios, ideas y gestos siguen entre nosotros: persisten como huellas, referencias y semillas de futuros posibles.

Este es nuestro pequeño homenaje a quienes, con su trabajo, hicieron más ancho y más complejo el territorio del diseño contemporáneo:

Dennis Crompton (1935–2025)
Miembro fundamental de Archigram, Crompton fue uno de los grandes agitadores del imaginario arquitectónico del siglo XX. Su trabajo, siempre experimental, ayudó a expandir las fronteras de lo posible mediante visiones móviles, tecnológicas y radicales. Su papel como archivista y memoria viva del grupo fue, además, decisivo para preservar un fascinante legado que sigue inspirando a muchos jóvenes diseñadores.

Léon Krier (1946–2025)
Teórico y urbanista imprescindible para entender el neotradicionalismo europeo y la crítica al urbanismo moderno. Krier defendió con convicción una ciudad compacta, legible, humana, basada en tipologías perdurables. Figura polémica y brillante, su influencia alcanza tanto a los defensores del “nuevo urbanismo” como a quienes lo discuten con pasión.

Ricardo Scofidio (1935–2025)
Co-fundador de Diller + Scofidio, Ricardo Scofidio fue una de las voces más lúcidas y críticas de la arquitectura contemporánea. Su trabajo exploró las fronteras entre arte, performance, tecnología y espacio público, desde instalaciones pioneras hasta proyectos emblemáticos como el High Line de Nueva York. Fue, ante todo, un pensador que entendió la arquitectura como un acto cultural profundamente político.

Yrjö Kukkapuro (1933–2025)
Maestro del diseño finlandés y defensor incansable de la ergonomía como ética y como poética. Kukkapuro creó piezas que unían investigación, técnica y humanidad: la célebre silla Karuselli y sus estudios experimentales con materiales compuestos marcaron generaciones. Su legado perdura como una lección de cómo la esencia del diseño puede ser, al mismo tiempo, rigor y libertad.

Jorge Pensi (1946–2025)
Figura clave del diseño español contemporáneo, Pensi logró dotar a sus piezas de una claridad formal que parecía inevitable. La silla Toledo, convertida en icono internacional, sintetiza su capacidad para unir industrialización, elegancia y memoria mediterránea. Su obra completa —muebles, luminarias, interiores— seguirá iluminando el paisaje del diseño por muchos años.

William L. “Bill” Porter Jr. (1937–2025)
Diseñador automovilístico estadounidense cuya carrera en General Motors contribuyó a definir el imaginario visual del automóvil norteamericano de finales de los años sesenta. Desde su trabajo en Pontiac y Buick, Porter participó en la construcción de siluetas exuberantes y dinámicas que hicieron del coche un objeto de deseo: formas alargadas, tensiones controladas y superficies expresivas que aún hoy condensan una época.

Robert A. M. Stern (1939–2025)
Arquitecto estadounidense y referente del clasicismo contemporáneo, Stern defendió una modernidad capaz de dialogar con la historia sin nostalgia ni dogmatismos. Su obra —desde campus universitarios hasta edificios residenciales de gran influencia tipológica— combina disciplina, armonía y una visión urbana de largo alcance. Su figura marcó el debate arquitectónico de las últimas décadas.

Frank Gehry (1929–2025)
Figura central de la arquitectura contemporánea y autor de algunos de los monumentos urbanos más cinematográficos del último medio siglo. Gehry convirtió el material en gesto —desde el Guggenheim Bilbao Museoa a la célebre Wiggle Chair— y taladró la rigidez modernista con formas escultóricas que cambiaron la manera en que las ciudades se piensan y se promocionan. Su obra, polémica y celebrada a la vez, nos recuerda que el diseño y la arquitectura pueden ser, al mismo tiempo, espectáculo, ensayo técnico y catalizador social.

Que la tierra os sea leve, maestros.

23 diciembre, 2025

Let’s Design a Beautiful 2026!

El año que se avecina es como un sendero desconocido, lleno de paisajes por descubrir, proyectos por explorar y momentos que quedarán en nuestra memoria.

Para celebrarlo, un cascabel de hielo en forma de sphericon, un fascinante cuerpo geométrico que posee una única cara, dos aristas semicirculares y cuatro vértices que definen un cuadrado.

Que este año 2026 esté lleno de aventuras inolvidables, alegría, curiosidad e imaginación en cada paso.

¡Feliz Año Nuevo!

12 diciembre, 2025

Historia del Diseño Centrado en la Vida

En los últimos años, el interés por las relaciones entre el diseño y el mundo natural ha crecido y se ha diversificado de forma espectacular. A la mera imitación de las formas, procesos y sistemas naturales, se ha sumado un creciente número de aproximaciones diferenciadas que incluyen la incorporación de organismos vivos al diseño de productos, la exploración de las tecnologías indígenas o la consideración de la empatía, la compasión o la belleza.

En esta nueva aventura didáctica exploraremos la evolución histórica del papel de la vida en el diseño del mundo que nos rodea. Este conocimiento de nuestro pasado común informará las decisiones que tomemos hoy sobre la sostenibilidad de los objetos futuros y tendrá un efecto significativo y perdurable en la regeneración de nuestro planeta.

Al finalizar el curso, los participantes no solo habrán adquirido una comprensión sólida del propósito, los valores, las ideas y las realizaciones del diseño centrado en la vida a lo largo de la historia, sino que también estarán equipados con habilidades prácticas para orientar estos principios hacia sus trabajos cotidianos. Más allá de los beneficios técnicos y estéticos, el curso busca fomentar una relación más significativa y profunda con el mundo natural, reconociendo su papel vital en la creación de un futuro más responsable, sostenible y equilibrado para todos.

¿Estás buscando nuevas posibilidades? Comparte tu visión con nosotros.

En este enlace puedes saber más sobre la oferta formativa de SUGAAR STUDIO y sobre este fascinante curso. ¡Queremos conocerte!

07 diciembre, 2025

Frank Gehry (1929–2025)

Frank Gehry no fue solamente un arquitecto: fue un escultor del espacio, un revolucionario de la forma, un visionario que demostró que la arquitectura puede emocionar, desafiar y transformar la ciudad. Con su obra rompió moldes y prejuicios: conjugó materiales industriales con formas fluidas, provocativas, casi líquidas, y convirtió edificios en experiencias sensoriales antes que en meros contenedores funcionales.

Desde su emblemático Guggenheim Bilbao Museoa hasta el Hotel Marqués de Riscal en Elciego, pasando por decenas de obras que hoy marcan paisajes urbanos de ciudades alrededor del mundo, Gehry reinterpretó el lenguaje arquitectónico moderno. Sus diseños —danzantes, ondulados, inesperados— introdujeron una libertad radical en la estética de lo construido, desafiando las nociones tradicionales de orden, simetría y ortodoxia del movimiento moderno.

Hotel Marqués de Riscal, Elciego, Álava, 2006.

Pero más allá del impacto visual o mediático, su importancia radica en haber expandido la imaginación colectiva sobre lo posible: mostró que un edificio no tiene que “parecer un edificio”, que puede evocar movimiento, emoción, contradicción, e incluso ironía.

Wiggle Chair, Vitra, 1972.

Frank Gehry trasladó su inquietud experimental también al diseño de mobiliario, convirtiendo lo cotidiano en un campo fértil para la exploración material. Su serie Easy Edges (1972), realizada en cartón ondulado laminado, demostró que un material humilde podía transformarse en piezas resistentes, escultóricas y sorprendentemente elegantes. Entre ellas destaca la célebre Wiggle Chair, convertida en un icono del diseño del siglo XX.

Power Play Chair and Ottoman, Knoll, 1990

Años más tarde, con la colección Experimental Edges, llevó aún más lejos esa lógica de improvisación controlada, creando muebles que parecían dibujados en el aire. En ese tránsito hacia un lenguaje cada vez más fluido y gestual, diseñó también la silla Power Play (1990) en madera laminada, cuyo dinamismo ondulante dialogaba con las curvas arquitectónicas de su obra. Estas piezas condensaban, a escala íntima, la misma voluntad de romper con las convenciones que caracterizó toda la trayectoria de Gehry.

Hoy, al despedirnos de él, no lamentamos solo la pérdida de un creador: celebramos un legado inmenso, una manera de pensar la forma y el espacio que continuará inspirando a arquitectos, diseñadores, artistas y ciudadanos durante generaciones. Su huella es tan visible como sus siluetas curvas sobre el horizonte urbano: pervive en la memoria, en la forma en que miramos sus muebles y sus edificios, y en las posibilidades que nos enseñó a imaginar.

Que la tierra te sea leve, maestro.

29 diciembre, 2024

Herramientas para el Simbioceno

Durantre este año que está a punto de terminar, hemos sido testigos de desastres ambientales cada vez más frecuentes e intensos: tormentas devastadoras, incendios forestales descontrolados, sequías prolongadas y ecosistemas colapsados. Estos eventos, exacerbados por un modelo extractivista y por el profundo abismo abierto entre los seres humanos y la naturaleza, evidencian los límites de nuestro modelo actual. El concepto de Simbioceno emergió en el año 2011 como una visión transformadora que invitaba a reimaginar nuestras relaciones con el entorno natural, promoviendo una coexistencia simbiótica y colaborativa con el planeta.

Esta noción se remonta al trabajo de biólogos que examinaron los procesos ecológicos cooperativos, como Lynn Margulis en "El planeta simbiótico". El término Simbioceno fue propuesto por el filósofo ambiental Glenn Albrecht como una reacción a la idea del Antropoceno. En sus propias palabras, Albrecht encontró que el término "Antropoceno" presentaba una visión profundamente negativa y quiso ofrecer una alternativa más optimista, orientada a una coexistencia simbiótica entre los seres humanos y el resto de la vida en la Tierra. El Simbioceno propone un acuerdo en el que las relaciones humanas con el entorno estén plenamente integradas en los ciclos naturales, priorizando la simbiosis y la interdependencia como principios rectores de las actividades humanas.

El Simbioceno no solo plantea un cambio de paradigma; también nos invita a reflexionar sobre las herramientas, tanto materiales como conceptuales, necesarias para impulsar este nuevo acuerdo con la Tierra. ¿Qué instrumentos necesitamos para construir una relación más equilibrada y regenerativa con nuestro entorno natural? La respuesta puede en parte encontrarse en la sabiduría de las tecnologías vernáculas que dieron lugar a la laia, una herramienta agrícola tradicional estrechamente vinculada a una filosofía de trabajo colaborativo y a un profundo respeto por la tierra.

Layadores en Ipinaburu (Bizkaia, España). Fotografía de Felipe Manterola, ca. 1915.

La laia es un instrumento de cultivo originario del País Vasco y Navarra, regiones cuya historia, cultura y lengua están profundamente marcadas por su conexión con la tierra. El euskera, uno de los idiomas más antiguos y enigmáticos del mundo, refleja una cosmovisión que valora la interdependencia y la relación con el entorno natural. En este contexto, la laia se erige como algo más que un utensilio agrícola: es un símbolo de una época en la que la interacción con la tierra era intrínsecamente colaborativa.

Compuesta por dos piezas de hierro en forma de "h", la laia era en ocasiones utilizada de manera individual, pero era en el trabajo colectivo donde desplegaba todo su potencial. Los agricultores, hombres y mujeres por igual, coordinaban sus esfuerzos para labrar la tierra en un movimiento rítmico y colectivo que requería fuerza, equilibrio y precisión. Esta coreografía no solo facilitaba el trabajo, sino que también fortalecía los lazos comunitarios y destacaba el valor del esfuerzo compartido.

Pareja de campesinos de Eitzaga (Bizkaia, España). Fotografía de Indalecio Ojanguren, 1922.

La participación equitativa de hombres y mujeres en el uso de la laia es otro de sus aspectos más notables. Esta herramienta reflejaba una organización social en la que el trabajo agrícola no estaba estrictamente dividido por género, mostrando que las soluciones vernáculas no solo eran tecnológicamente avanzadas para la orografía vasca, sino también culturalmente inclusivas.

Inspirado por la rica historia de la laia, Carlos Alonso Pascual la ha reinterpretado en Laia biscayensis, un asiento que va mucho más allá de su función utilitaria para convertirse en un manifiesto sobre nuestra relación con la tierra. Al transformar esta herramienta agrícola en un objeto de diseño contemporáneo, se subraya su potencial simbólico para reflexionar sobre cómo hemos llegado a este punto crítico de desconexión ecológica.

En palabras de Glenn Albrecht, «El Simbioceno es un tiempo en el que los humanos vivirán en relaciones mutuamente beneficiosas con el resto de la vida». Laia biscayensis encarna este espíritu, recordándonos que las herramientas que diseñamos y utilizamos no solo deben servirnos, sino también regenerar y cuidar los ecosistemas de los que dependemos.

La pieza plantea una pregunta crucial: ¿cómo podemos recuperar la sabiduría intrínseca de estas tecnologías vernáculas para rediseñar nuestras prácticas actuales? La laia, con su diseño sencillo pero profundamente simbólico, nos muestra que las soluciones del pasado pueden ser clave para abordar los desafíos del presente y construir un futuro más sostenible.

Diseño Cultural: Un camino hacia el Simbioceno

El concepto de Diseño Cultural, propuesto por pensadores como Joe Brewer, amplía nuestra comprensión de cómo el diseño puede trascender el ámbito material para influir en la evolución cultural. En lugar de limitarse a crear objetos, el Diseño Cultural busca redirigir las normas, valores y comportamientos humanos hacia un modelo más sostenible y equitativo. Según Brewer, esta disciplina emergente es crucial en el siglo XXI, ya que nos permite tomar control de los procesos culturales y dirigirlos hacia principios de coexistencia y regeneración.

Laia biscayensis se alinea perfectamente con esta visión, demostrando que el diseño puede ser un vehículo para el cambio cultural. Al rescatar una herramienta tradicional y reinterpretarla en un contexto contemporáneo, esta obra subraya el poder transformador de las narrativas vernáculas para inspirar nuevos modelos de convivencia simbiótica.

Laia biscayensis nos recuerda que las herramientas no son meros instrumentos utilitarios, sino expresiones culturales que reflejan nuestras relaciones con el entorno. En el contexto del Simbioceno, el redescubrimiento de tecnologías vernáculas como la laia no es solo un ejercicio nostálgico, sino una estrategia práctica y simbólica para reimaginar nuestra conexión con la Tierra.

A medida que avanzamos hacia este nuevo paradigma, es esencial que diseñemos herramientas, tanto físicas como conceptuales, que promuevan una relación activa, simbiótica y regenerativa con el entorno natural. Laia biscayensis nos invita a imaginar un mundo donde el diseño y la cultura convergen para construir un escenario futuro más responsable y más sostenible.