Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (IV)
Hace unos días recuperé una fotografía que tomé en ZhouZhuang, una pequeña ciudad situada muy cerca de Shanghai. Sus canales fluviales, sus calles sinuosas y su bien conservada arquitectura tradicional hacen de ella un destino inolvidable. La imagen muestra el interior de un taller de carpintería en madera. Sobre una tabla que actúa como improvisado banco de trabajo, se acumulan herramientas, virutas y pequeñas piezas a medio terminar. Bajo la tabla, aparece una silla vacía. El artesano no está. Quizá salió unos minutos a comer. Quizá está a punto de regresar para continuar su trabajo. Quizá aquel taller ya ni siquiera exista. La fotografía fue tomada en 2010 y durante años la observé simplemente como el recuerdo de un viaje familiar.
Sin embargo, al volver a ella quince años después, he tenido la sensación de estar contemplando una escena distinta. Las herramientas seguían en el mismo lugar. La silla permanecía vacía. La luz continuaba entrando en el taller de la misma manera. Nada había cambiado y, sin embargo, algo era diferente. Por primera vez dejé de mirar aquellos objetos como simples instrumentos suspendidos entre dos momentos de actividad y empecé a percibir la escena como una realidad que continuaba existiendo por sí misma, incluso en ausencia de la persona que la había habitado.
Quizá lo que había cambiado no era la fotografía, sino mi mirada.
Durante siglos hemos aprendido a mirar el mundo desde una posición muy concreta. Los objetos aparecen en nuestras historias como elementos secundarios. Son herramientas, recursos, utensilios o escenarios. Están ahí para cumplir una función, para responder a una necesidad o para facilitar una acción. Los describimos a partir de lo que hacen por nosotros y rara vez nos detenemos a pensar qué ocurre cuando dejamos de situarnos en el centro de esa relación.
Tal vez por eso resulta tan difícil formular una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué sucede cuando intentamos observar el mundo sin asumir que nuestra mirada es la única que importa?
No se trata de atribuir conciencia a las cosas ni de imaginar que los objetos poseen pensamientos ocultos. La cuestión es mucho más modesta y, precisamente por eso, más perturbadora. Quizá hemos confundido durante demasiado tiempo el hecho de ocupar el centro de nuestra experiencia con el hecho de ocupar el centro del mundo. Son dos afirmaciones muy distintas, aunque a menudo las utilicemos como si fueran equivalentes.
Pienso en un árbol centenario.
Durante años pasamos junto a él sin concederle demasiada atención. Lo observamos como quien contempla un elemento más del paisaje. Admiramos su tamaño, buscamos refugio bajo su sombra o nos detenemos un instante para fotografiarlo. El árbol aparece entonces como un objeto singular dentro de nuestra propia historia. Pero basta con detenerse un momento para que la situación empiece a invertirse.
Ese árbol estaba allí antes de nuestro nacimiento. Ha permanecido inmóvil mientras generaciones enteras de personas nacían, trabajaban, se enamoraban, envejecían y desaparecían. Ha visto transformarse los caminos, las ciudades y las costumbres. Ha asistido a acontecimientos de los que no conserva memoria humana, pero sí una presencia material obstinada. Y probablemente seguirá allí cuando nosotros ya no estemos.
En ese instante el árbol deja de parecer un objeto. No porque adquiera cualidades humanas, sino porque nuestra escala habitual deja de funcionar. Ya no somos nosotros quienes observamos algo situado frente a nosotros. Por un momento sentimos que somos nosotros quienes atravesamos el campo visual de una realidad mucho más antigua y mucho más estable que nuestra propia existencia.
Algo parecido ocurre con algunos ríos, con ciertas montañas o con las casas que han sido habitadas por generaciones sucesivas. Incluso ocurre, en una escala más modesta, con determinados objetos cotidianos que sobreviven a quienes los utilizaron. Una mesa heredada, una herramienta desgastada por décadas de uso o un reloj que ha pasado de una mano a otra parecen conservar algo que no encaja del todo en nuestra idea moderna de objeto. No porque estén vivos, sino porque participan de una temporalidad distinta.
La modernidad nos acostumbró a pensar que habitábamos un mundo compuesto por sujetos activos y objetos pasivos. Sin embargo, esa división empieza a resultar cada vez más difícil de sostener. No solo porque convivamos con sistemas inteligentes, algoritmos o infraestructuras capaces de actuar sin intervención directa. También porque comenzamos a sospechar que nuestra forma de describir la realidad era más estrecha de lo que imaginábamos.
Quizá nunca vivimos realmente en un mundo poblado por cosas completamente silenciosas. Quizá los objetos siempre participaron en la configuración de nuestras vidas, aunque prefiriéramos pensar que eran simples acompañantes de una historia cuyo protagonismo nos pertenecía por completo.
Y tal vez una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo consista precisamente en eso: no en descubrir nuevas capacidades técnicas, sino en aprender a mirar de otra manera. En reconocer que el mundo no está compuesto únicamente por aquello que observamos, sino también por aquello desde cuya presencia somos observados.
Quizá la pregunta más difícil no sea qué pueden hacer los objetos.
Quizá la pregunta verdaderamente incómoda sea qué ocurre cuando dejamos de considerarnos los únicos habitantes del mundo con derecho a una mirada.









