27 noviembre, 2021

La tetera

Hans Christian Andersen, 1863.

Porcelain tea set designed by Walter Gropius and Louis A. McMillen of The Architects Collaborative (TAC) and Katherine de Sousa in 1968. Rosenthal Factory, Selb, Bavaria, Germany, 1977. National Museum of Scotland.

Érase una vez una tetera muy arrogante; estaba orgullosa de su porcelana, de su largo pitón, de su ancha asa; tenía algo delante y algo detrás: el pitón delante, y detrás el asa, y se complacía en hacerlo notar. Pero nunca hablaba de su tapadera, que estaba rota y encolada; o sea, que era defectuosa, y a nadie le gusta hablar de los propios defectos, ¡bastante lo hacen los demás! Las tazas, la mantequera y la azucarera, todo el servicio de té, en una palabra, a buen seguro que se había fijado en la hendedura de la tapa y hablaba más de ella que de la artística asa y del estupendo pitón. ¡Bien lo sabía la tetera!

Doughnut Teapot And Cover, manufactured by Hall China Company, Liverpool, Ohio, USA, ca. 1940. Cooper Hewitt Design Museum.

¡Las conozco! —decía para sus adentros—. Pero conozco también mis defectos y los admito; en eso está mi humildad, mi modestia. Defectos los tenemos todos, pero una tiene también sus cualidades. Las tazas tienen un asa, la azucarera una tapa. Yo, en cambio, tengo las dos cosas, y además, por la parte de delante, algo con lo que ellas no podrán soñar nunca: el pitón, que hace de mí la reina de la mesa de té. El papel de la azucarera y la mantequera es de servir al paladar, pero yo soy la que otorgo, la que impero: reparto bendiciones entre la humanidad sedienta; en mi interior, las hojas chinas se elaboran en el agua hirviente e insípida.

Drop Teapot, designed by Luigi Colani, manufactured by Rosenthal Glas Und Porzellan Aktiengesellschaft and made for Studio-Line (Division of Rosenthal), 1970. Stedelijk Museum.

Todo esto pensaba la tetera en los despreocupados días de su juventud. Estaba en la mesa puesta, manejada por una mano primorosa. Pero la primorosa mano resultó torpe, la tetera se cayó, se rompió el pitón y se rompió también el asa; de la tapa no valía la pena hablar; ¡bastante disgusto había causado ya antes! La tetera yacía en el suelo sin sentido, y se salía toda el agua hirviendo. Fue un rudo golpe, y lo peor fue que todos se rieron: se rieron de ella y de la torpe mano.

Corvus Corax Teapot, designed by Matteo Thun, Memphis Milano, 1982. Cooper Hewitt Design Museum.

¡Este recuerdo no se borrará nunca de mi mente! —exclamó la tetera cuando, más adelante, relataba su vida—. Me llamaron inválida, me pusieron en un rincón, y al día siguiente me regalaron a una mujer que vino a mendigar un poco de grasa del asado. Descendí al mundo de los pobres, tan inútil por dentro como por fuera, y, sin embargo, allí empezó para mí una vida mejor. Se empieza siendo una cosa, y de pronto se pasa a ser otra distinta. Me llenaron de tierra, lo cual, para una tetera, es como si la enterrasen; pero entre la tierra pusieron un bulbo. Quién lo hizo, quién me lo dio, lo ignoro; el caso es que me lo regalaron. Fue una compensación por las hojas chinas y el agua hirviente, por el asa y el pitón rotos. Y el bulbo depositado en la tierra, en mi seno, se convirtió en mi corazón, mi corazón vivo; nunca lo había tenido. Desde entonces hubo vida en mí, fuerza y energías. Latió el pulso, el bulbo germinó, estalló por la expansión de sus pensamientos, y sentimientos, que cristalizaron en una flor. La vi, la sostuve, me olvidé de mí misma ante su belleza. ¡Dichoso el que se olvida de sí por los demás! No me dio las gracias ni pensó en mí; a él iban la admiración y los elogios de todos. Si yo me sentía tan contenta, ¿cómo no iba a ser ella admirada? Un día oí decir a alguien que se merecía una maceta mejor. Me partieron por la mitad; ¡ay, cómo dolió!, y la flor fue trasplantada a otro tiesto más nuevo, mientras a mí me arrojaron al patio, donde estoy convertida en cascos viejos. Mas conservo el recuerdo, y nadie podrá quitármelo.

The Utah teapot is one of the few iconic models of the early development of 3D computer graphics, which was developed by Martin Newell and modified in 1975 by his co-worker Jim Blinn. Wikipedia, 2008.

21 noviembre, 2021

Dos o tres segundos de ternura

«No me hace falta la luna
ni tan siquiera la espuma,
me bastan solamente dos
o tres segundos de ternura.»

Con estos sencillos y delicados versos cantaba Luis Eduardo Aute al poder de la cercanía, la atención y el cuidado para ahuyentar el miedo de estar solos en el universo.

Este enorme y polifacético cantautor nacido en Manila en 1943 quería ser arquitecto, pero abandonó la Escuela de Aparejadores de Madrid tan solo dos semanas después del inicio del curso para trasladarse a París, donde vivió la efervescencia creativa y cultural de la época. Aute fue músico, cantante, compositor, director de cine, actor, escultor, escritor, pintor y poeta. Su curiosidad por todas las expresiones artísticas y su agudo sentido del humor le mantenían siempre inquieto, construyendo un estilo propio al margen de convencionalismos. Como músico y poeta nos regaló composiciones inolvidables que han quedado prendidas en el alma de toda una generación. Falleció en septiembre de 2020, víctima del coronavirus, dejando tras de sí un enorme y prodigioso legado. Al alba, su canción más emblemática, llenó entonces las redes sociales y todos escuchamos de nuevo, encerrados en nuestras casas, la voz de Aute, siempre cargada de ternura.

La ternura es tal vez la fuerza más libre, audaz y poderosa que tenemos los humanos para construir nuevas visiones del futuro.

Precisamente estaba buscando referencias sobre el papel de la ternura en el diseño cuando Alice Rawsthorn compartió un hilo sobre el diseñador y arquitecto Franco Albini (1905-1977), uno de los más importantes y reconocidos creadores del pasado siglo. Al igual que Aute, Albini encarnó esa actitud transversal en la que las tres disciplinas del proyecto —diseño, arquitectura y urbanismo— se fusionan siguiendo un enfoque profundamente humanista. Comprometido defensor de una interpretación italiana del estilo internacional racionalista, Albini trazó la aproximación más convincente: la precisión, la claridad y la elegancia formal del movimiento moderno se fusionaban con la profunda sabiduría de la tradición artesana italiana. Albini siempre fue un arquitecto de frontera, buscaba la esencia de la forma a traves de un continuo, incesante proceso de hibridación y reducción.

«Siempre que Franco Albini describía los principios que definían su obra, —escribe Alice Rawsthorn— se repetían ciertas palabras. Los adjetivos incluían claro, preciso, sobrio y expresivo, y los sustantivos, sencillez, conocimiento, imaginación y ritmo». Como comprometido racionalista, Albini nunca utilizó la palabra ternura para referirse a su obra, pero yo sospecho que fue precisamente este sentimiento el que guió una buena parte de su trabajo.

Tal vez el ejemplo más emblemático sea su silla Luisa, una obra maestra imprescindible en el panorama internacional de la producción industrial del siglo XX. Luisa, el nombre de esta cuidada silla, es una dedicatoria a Luisa Colombini, esposa de Franco Albini y su más estrecha colaboradora durante más de 20 años. Un nombre nacido del amor y de la atención, ajeno a los vaivenes del mercado o a las ansias clasificatorias.

Ejemplo único de racionalidad compositiva y un exquisito cuidado por los detalles, la silla Luisa es el resultado de una exploración creativa que ocupó a Franco Albini durante 15 años. A lo largo de este apasionante viaje, el diseñador estudió con atención proporciones, ángulos, materiales, uniones, ritmos, contrapuntos... Al revisar repetidamente su diseño, Albini realizó un flujo constante de ajustes técnicos y modificaciones formales. Entre la primera versión de 1939 y la quinta de 1955, Albini tuvo la oportunidad de abordar los problemas detectados en las versiones anteriores e incorporar los avances tecnológicos surgidos durante aquellos años.

Producida en nogal o palisandro (inicialmente también en teca, caoba y haya), sus partes son completamente independientes y se pueden desmontar. La estructura de madera presenta uniones que aumentan de grosor allí donde se requiere una mayor resistencia mecánica. Estas uniones, fijadas con tornillos o en cola de milano, crean una sutil y cambiante relación geométrica entre las piezas individuales. Las patas traseras actúan como soportes debajo de los brazos, mientras que el respaldo está unido a la riostra trasera para permitir un ligero movimiento de balanceo. La composición es elegante, sobria y esencial, pero su sencillez es solo aparente: la pureza formal de las discontinuidades delata el cuidado puesto en todos los detalles. Sin duda alguna, una de mis sillas favoritas.

Quince años duró el apasionado viaje de Franco Albini hacia el corazón y la esencia de Luisa, una silla que se proponía como homenaje al amor, a la complicidad y al trabajo compartido. Quince años de aprendizaje, de cuidado, de atención, de mimo. Quince años de ternura.

En nuestra cultura occidental tendemos a asociar la ternura con la debilidad o con la fragilidad pero, como nos recuerda la sabiduría taoista, «Lo más débil del mundo cabalga sobre lo más fuerte que en el mundo hay» (Lao Zi, 6).

En una sociedad deslumbrada por la fuerza —crecimiento, poder, dinero, notoriedad— y donde la debilidad es menospreciada o ridiculizada ¿Qué sentido tiene apelar a la ternura? Sin embargo, la ternura es la expresión más serena, firme y audaz del amor. Saber escuchar, ponerse en el lugar del otro, comprender sus inquietudes y deseos, explorar juntos nuevas posibilidades, acercar dominios diferentes, desvelar intuiciones, cultivar el detalle, estar dispuestos a hacer las cosas de otra manera, acompañar, cuidar, son acciones de diseño cargadas de ternura que dan sentido y propósito.

Tal vez, como cantaba Luis Eduardo Aute, tan solo necesitemos cultivar cada día dos o tres segundos de ternura para ayudar a sanar nuestro mundo fracturado.

08 noviembre, 2021

Las siete lámparas del diseño de futuros

Las siete colinas de Roma, las siete maravillas del mundo antiguo, los siete mares, el séptimo cielo, los siete pecados capitales, el séptimo hijo de un séptimo hijo... Siete son los días de la semana, como siete son los cuerpos celestes conocidos en la antigüedad, y siete los años de mala suerte si rompes un espejo... Siempre siete. Algunos números ejercen una poderosa influencia sobre nuestras convicciones y sobre nuestras elecciones.

Siete son también las lámparas de la arquitectura de John Ruskin. Este artista, crítico de arte y reformador social nacido en Londres en 1819, fue una de las personalidades más influyentes de la historia moderna, e inspiró a figuras tan notables y dispares como Mahatma Gandi, León Tolstói, Marcel Proust o William Morris.

«Ningún ser humano —escribió—, por grande o poderoso que sea, fue jamás tan libre como un pez». Como un pez, Ruskin amaba nadar contra la corriente, desafiando los arraigados fundamentos morales de la sociedad victoriana. Creía firmemente en el poder del arte para transformar la vida de las personas oprimidas, más por el analfabetismo visual que por las malas condiciones materiales. Su deseo apasionado era abrir los ojos de la gente a la belleza libre que nos rodea. Su credo era: «No hay riqueza sino la vida».

El arte no era un mero pasatiempo para Ruskin. Sus creaciones siempre tuvieron un propósito, y fueron una parte integral de su pensamiento. Visualizó sus intuiciones, pensó visualmente y desarrolló sus ideas a través del dibujo. Odiaba la creciente tendencia hacia la especialización y se negó a separar sus áreas de interés y participación. Ruskin pensó que era fundamental establecer vínculos entre todas las materias y disciplinas: ciencia y religión, naturaleza y arte. De alguna manera, siempre era capaz de observar la imagen completa. León Tolstói dijo que Ruskin era «uno de esos raros hombres que piensan con el corazón».

Su proceso de pensamiento más poderoso fue la serie. Disfrutaba encadenando asociaciones en un hilo interminable y se deleitaba enormemente con la complejidad de sus involuciones, con los vagabundeos laberínticos de la ruta, continuamente perdida, continuamente recuperada.

Siguiendo el hilo de este gigante, os propongo que exploremos juntos las lámparas del diseño de futuros. Han pasado más de 170 años desde que Ruskin escribiera Las siete lámparas de la arquitectura (1849), uno de los ensayos más influyentes en una época donde la industrialización se extendía imparable por Europa. Ruskin denominó lámparas a las leyes o principios morales que todo diseñador debía observar, y enumeró siete: Sacrificio, Verdad, Poder, Belleza, Vida, Memoria y Humildad u Obediencia. No obstante, también reconoció que eran el producto de un determinado contexto cultural, tecnológico y social: «No existe ninguna ley ni principio [...] que no puedan abandonarse con la llegada de nuevas condiciones o el invento de nuevos materiales».

Hoy necesitamos nuevos principios. El mundo inconsciente, competitivo, insolidario, obsesionado por el crecimiento a ultranza, desigual y egoísta en el que vivimos tal vez sea el resultado de la preocupación principal de Ruskin: la división del trabajo. «No es, realmente, el trabajo el que está siendo dividido; sino los hombres, divididos en simples segmentos de hombres, quebrados en pequeños pedazos y migajas de vida», escribió. En este escenario donde las personas se han vuelto casi irrelevantes, necesitamos compartir nuevas lámparas.

Tal vez, como sucede en la película El joven Edison (1940), podamos situar estas lámparas delante de un gran espejo. El film, que narra el periodo de vida juvenil del inventor Thomas Alva Edison, fue una de las películas favoritas de mi padre. Hace muchos años que no la veo, pero atesoro un recuerdo imborrable de algunas escenas. En un golpe de inspiración, un joven Tom Edison interpretado por Mickey Rooney, refleja la luz de varias lámparas de queroseno en un gran espejo que había robado de un almacén. Esta ingeniosa idea le permite improvisar un quirófano donde el cirujano del pueblo opera con éxito a su madre gravemente enferma.

Si pusiéramos las siete lámparas del diseño de futuros delante de un espejo humeante, tal vez podamos alumbrar nuevas posibilidades en la realidad... que puedan curar un planeta enfermo.

¿Cuál podría ser la primera lámpara del diseño de futuros?

02 noviembre, 2021

El espejo humeante

La obsidiana es una roca volcánica fascinante. Se produce cuando una lava rica en materiales ligeros —como dióxido de silicio y silicatos de aluminio— se enfría rápidamente con un crecimiento mínimo de cristales. Es un material negruzco, duro y quebradizo que, al fracturar, presenta bordes muy afilados. Gracias a esta propiedad, la obsidiana ha sido ampliamente utilizada por pueblos de todo el mundo para fabricar dagas, cuchillos o puntas de flecha.

Como ocurre con otras rocas con textura vítrea, también ha sido utilizada para fabricar joyas negras a las que se han atribuido propiedades místicas, espirituales o curativas. Los pueblos del antiguo México fabricaron espejos de obsidiana pulida que utilizaban como instrumentos mágicos. Al contemplar las humeantes profundidades de estos espejos, los chamanes viajaban al mundo de los dioses y de los antepasados. Este mundo sombrío ha estimulado siglos de especulación y fascinación. Mirar a través de un espejo de obsidiana era adentrarse en un espacio de reflejos negros que parecía interminable.

El más conocido de todos ellos se encuentra actualmente en el British Museum, y tiene una historia singular. Según cuenta Carmen Martínez en el blog del Nuseo Nacional de Ciencias Naturales, «en el antiguo México los espejos representaban la sabiduría, el conocimiento y el poder». Este espejo en particular fue traido desde México como regalo para el hombre más poderoso de la época, el rey Felipe II de España, que además tenía un gran interés por la magia, el esoterismo y las ciencias ocultas.

El espejo cambió de manos con motivo de la boda del entonces príncipe español con María Tudor, reina de Inglatera e hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón. Durante una estancia en Londres, Felipe II conoció a John Dee, un carismático y notorio erudito inglés. El doctor Dee era filósofo, matemático, astrónomo, astrólogo, alquimista, vidente y hechicero, uno de los consejeros preferidos de la reina, y una de la figuras más emblemáticas de su era, un hombre que habitó en la frontera entre las prácticas ocultistas y la racionalidad científica, que entonces comenzaba a tomar forma. Parece ser que Felipe II regaló el espejo a este singular personaje como recompensa por haberle confeccionado la carta astral.

John Dee utilizó este espejo para predecir el futuro, invocar espíritus y hablar con los ángeles. Según algunos, este objeto fue uno de sus instrumentos preferidos; y no es una casualidad, pues seguramente él sabía que en la América prehispánica estos espejos eran utilizados por sacerdotes y reyes para hacer conjuros y, sobre todo, para invocar visiones del futuro. En la mitología tolteca, el espejo de obsidiana puede considerarse como el más importante elemento en el culto al dios Tezcatlipoca, cuyo nombre se traduce del náhuatl como "espejo humeante". A menudo se representa a este oscuro dios con un espejo de obsidiana en el pecho, en el tocado o reemplazando el pie derecho. Mediante estos instrumentos, Tezcatlipoca podía conocer el destino de los humanos.

John Dee realizando un experimento ante la reina Isabel I de Inglaterra. Henry Gillard Glindoni, 1913.

Yo recordé estos fascinantes espejos con motivo de una muy interesante conversación con el diseñador estratégico y profesor Alberto Barreiro. En un ejercicio académico —explicaba Alberto—, sus alumnos se imaginaban «el yo como utopía» y proponían «cambiar pequeñas cosas en nosotros, para que así acabe por cambiar todo». Su primera idea de diseño fue una página negra que reflejaba su rostro, como si fuera un espejo de obsidiana. Como el mismo profesor apuntaba, su reflexión «tiene más chicha de la que parece».

El espejo negro es una poderosa metáfora para visualizar la transición personal hacia un mundo un poco más bello, significativo, sostenible y responsable. Pero ¿para que serviría hoy un espejo humeante? ¿Puede ayudarnos a explorar escenarios futuros? Volvamos a la entrada de Carmen Martínez: «Los reyes aztecas poseían un espejo de obsidiana de doble cara: por un lado, se decía que el rey observaba en su superficie el comportamiento de sus súbditos; por el otro, los súbditos veían su propio reflejo en el espejo del rey. Era una forma de visualizar la dependencia recíproca entre los ciudadanos y los reyes».

En esta época individualista, irresponsable e insolidaria, necesitamos crear metáforas compartidas que impulsen la transformación. Necesitamos narraciones que nos empujen a explorar, construir y compartir nuevas posibilidades que hagan tres cosas realmente importantes: dar sentido y propósito a la vida de las personas, construir comunidades resilientes y cuidar nuestro entorno natural. Donde triunfan la simplificación, la superficialidad y la medianía, los espejos negros pueden jugar un papel muy relevante.

Necesitamos urgentemente espejos humeantes.

Pero no para que nos muestren una imagen del futuro deseado por algunas corporaciones. Necesitamos estos fascinantes artefactos porque nos permiten reflexionar, reflejar, observar, visualizar o especular sobre los múltiples e interconectados retos que se vislumbran en el horizonte.

REFLEXIONAR

Un espejo humeante es una herramienta conceptual que sirve en primer lugar para reflexionar. La negra profundidad del espejo sugiere que no es suficiente con transitar por la superficie. Debajo de los eventos que vemos en la piel del mundo, hay patrones de comportamiento que responden a ideologías y a modelos mentales que es necesario identificar y conocer para dirigir acertadamente nuestras acciones de diseño. Los diseñadores debemos adentrarnos en las profundidades del espejo y preguntarnos constantemente por el sentido y el propósito de estas acciones. Reflexionar con curiosidad, pasión, creatividad, tiempo y profundidad. Como recompensa, la cercanía con el sentido último de las cosas.

REFLEJAR

Si los espejos de los reyes aztecas permitían visualizar la dependencia recíproca entre la monarquía y los ciudadanos, el nuestro debe mostrar la interconexión, la estrecha relación entre los complejos sistemas globales que configuran los posibles escenarios futuros: sistemas tecnológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, ambientales. Cualquier ligero movimiento en uno de ellos afecta al comportamiento de todos los demás. El espejo humeante nos anima a prestar atención a las relaciones, a la interdependencia, a los comportamientos emergentes y a los procesos de retroalimentación que se producen entre todos ellos. Los espejos nos recuerdan que lo importante no son los elementos, sino las relaciones.

OBSERVAR

La palabra espejo procede del latín “speculum” que, a su vez, es un derivado del arcaico verbo latino “specere” que significaba mirar desde un puesto de observación. Pero ¿Mirar qué? Mirar tal vez, como sugería el escritor Alessandro Baricco, los movimientos de los bárbaros que acampan al otro lado del río. «Mirar desde arriba y captar la figura que las innumerables aldeas saqueadas dibujan sobre la superficie del mundo». Baricco no se equivoca, no se trata de añadir accidentes geográficos o asentamientos humanos sobre nuestros mapas mentales. Lo que sucede es que el mapa entero está cambiando. Tal vez ya haya cambiado, y el metaverso vaya a añadir pronto una nueva capa superpuesta que sustituya nuestros paisajes cotidianos por otros radicalmente nuevos. «Creedme: desde arriba es desde donde tendríamos que mirar», nos apremia Baricco.

VISUALIZAR

Nada mejor que un espejo humeante para ayudarnos a visualizar escenarios futuros y compartir cómo puede ser nuestra relación con ellos. El diseño produce maquetas conceptuales, modelos culturales o prototipos físicos que, antes de extenderse por el mundo, nos permiten divisar sus posibles impactos sobre la tecnología, la economía, la sociedad y el planeta. El espejo humeante nos recuerda también que necesitamos sumergir a las personas en escenarios futuros para conocer las conexiones emocionales y cognitivas que estableceremos con ellos. El cuidado cotidiano, la atención, la ternura, el amor, deben dirigir la evolución de nuestras propuestas. Como apuntaba Mauro Porcini —director creativo de PepsiCo—, los diseñadores somos «people in love with people».

ESPECULAR

Sobre todo, el espejo humeante nos anima a especular. Cuando escuchamos esta palabra pensamos en primer lugar en su acepción jurídico-financiera, en las operaciones realizadas para obtener beneficios aprovechando las variaciones en el valor de los bienes o servicios. Sin embargo, especular es también reflexionar sobre algo que no conocemos de manera completa y que nos exige hacerlo desde un plano mucho más incierto. El diseño especulativo no trata de calcular probabilidades, sino de explorar posibilidades en la realidad. Como sostienen Anthony Dunne y Fiona Raby, «si especulamos más, y lo hacemos más extensivamente, la realidad se volverá más maleable. Las ideas liberadas por el diseño especulativo aumentan las probabilidades de lograr futuros deseables».

ACTIVISTAS DEL FUTURO

El espejo oscuro es una inspiradora metáfora para generar, compartir y debatir escenarios futuros a partir de una pregunta realmente poderosa: ¿Qué pasaría si...? What if...?

Como sugería el conocido lema del Cirque du Soleil, «¡atrévete a soñar!».

Nota final: Este apunte recoge alguno de los argumentos que tratamos en la charla-taller que impartí el pasado día 27 de octubre en el Máster en Diseño Estratégico de Productos y Servicios de Mondragon Goi Eskola Politeknikoa, titulada "The Smoking Mirror: A Glimpse into Futures Design". La intervención se enmarcaba en la asignatura de Estrategia de Marca y Producto, impartida por Ester Val Jauregi. ¡Mil gracias por vuestra confianza y hospitalidad!

20 octubre, 2021

Leviatán

Algunos libros narran historias tan inspiradoras y emocionantes que se quedan para siempre en nuestra memoria, nos sugieren el camino a seguir y dan alas a nuestros sueños. La literatura y el diseño siempre han compartido el mismo designio: narrar historias capaces de dar sentido a la vida de la gente. En esta sorprendente conjunción, algunas empresas han tomado su nombre de obras literarias fascinantes. Los viajes de Gulliver, El conde de Montecristo, Alicia en el País de las Maravillas o la Ilíada han inspirado a emprendedores de todo el mundo, que han encontrado en sus territorios o en sus personajes el impulso que necesitaban para sus aventuras empresariales.

Tal vez la más fascinante de todas ellas sea Starbucks.

Fotografía de Abhinav Goswami en Pexels.

En 1971, los promotores de esta conocida cadena de cafeterías —Jerry Baldwin, Zev Siegl, y Gordon Bowker— necesitaban encontrar un nombre y una imagen que lograra seducir a los futuros clientes. Originalmente, la cadena se iba a llamar Cargo House, «lo que habría sido un terrible, terrible error», comentaba Gordon Bowker. El diseñador Terry Heckler —que era dueño de una agencia de publicidad con Bowker— mencionó entonces que creía que las palabras que comienzan con "ST" sonaban más poderosas. A partir de ahí, Bowker empezó a confeccionar una lista de palabras que empezaban con este prefijo.

Mientras el equipo intentaba encontrar un nombre, alguien sacó un viejo mapa minero de Mount Rainier and Nord Cascades, en el estado de Washington. El nombre de Starbos, un pequeño pueblo minero, llamó la atención de Bowker. Inmediatamente conectó la denominación de este asentamiento con Moby Dick y con el apellido del primer oficial del Pequod: Starbuck. Solamente faltaba añadir la "S" final para que resultara más conversacional.

¿Un afortunado salto creativo? Al igual que le pasaba a Herman Melville con su lista de ballenas inciertas, bautizadas con toda suerte de nombres exóticos, yo tampoco «puedo evitar sospechar que se trata de meros sonidos, llenos de leviatanismo, pero que no significan nada».

Sin embargo, Moby Dick es una poderosa historia sobre la obsesiva y autodestructiva persecución de un gran cachalote blanco que ha intrigado a lectores y críticos durante más de un siglo. Para muchos de ellos, la novela es una canción profética sobre la dificultad de ver y comprender la naturaleza profunda de las cosas. Como proclamaba el capitán Ahab en el alcázar del Pequod, «Todos los objetos visibles, hombre, no son más que máscaras de cartón piedra».

¿Y qué mejor mascarón de proa que el nombre del primer oficial del Pequod? Según el sitio web de la compañía, el nombre Starbucks «evoca la tradición marinera de los primeros comerciantes de café». Como explicaba Gordon Bowker, la versión cinematográfica de Moby Dick —dirigida por John Huston y protagonizada por Gregory Peck— tuvo una mayor influencia en el nombre que la obra literaria. En la película, el primer oficial del capitán Ahab está loco por el café, algo que no se menciona en la novela.

Si el nombre hacía referencia a una fascinante y poderosa historia oceánica, el logo debía estar a la altura. Explorando libros antiguos, Terry Hekcler encontró la imagen adecuada: una sirena de dos colas. «Es una metáfora del encanto de la cafeína, las sirenas que arrastraron a los marineros a las rocas», comentó el diseñador.

Starbucks original logo, 1971-1987.

He de reconocer que siempre me ha fascinado Moby Dick. Leí por primera vez, hace ya muchos años, una versión adpatada de la novela en la serie Clásicos Juveniles de Bruguera, un formato que alternaba una página de historieta cada tres de texto. Desde el primer momento me fascinó ver en las ilustraciones la fragilidad de nuestros navíos y artefactos frente a una criatura enorme, salvaje y poderosa. Los pobres esfuerzos de los humanos para poseer, controlar y dominar la naturaleza siempre evocan esa desconcertante mezcla de ternura, decepción y enojo que parece caracterizar a estos tiempos.

Hace unos días he vuelto a experimentar este mismo desconcierto al observar los trabajos de los bomberos para encauzar las coladas de lava del volcán de La Palma y salvar así las casas de Todoque. «Tenemos que intentarlo —comentaban—, pero no sabemos si servirá». Gracias al enorme esfuerzo conjunto de mucha gente no se han perdido vidas humanas, pero el Leviatán sigue su imparable avance hacia el mar.

Leviatán es una palabra que proviene del hebreo y que designa a un gigantesco monstruo marino, una serpiente o dragón que podía devorar naves enteras. La fascinación que siento por el Peine del Viento de Eduardo Chillida tiene que ver con este dragón. Desde que visité por primera vez este increíble lugar situado al final de la bahía de La Concha, no puedo evitar pensar que, bajo la plaza de Luis Peña Ganchegui, habita el Leviatán. Durante los fuertes temporales del otoño se escucha su poderosa respiración, que levanta surtidores de espuma y sal desde el granito del pavimento. Los hierros de Chillida no parecen entonces un peine, sino los restos retorcidos de los arpones y los garfios con que los humanos hemos intentado doblegar a las fuerzas de la naturaleza.

Fotografía de Lachlan Ross en Pexels.

Y, por supuesto, también elegí a un Leviatán como divisa de mi aventura profesional. SUGAAR es una deidad de la mitología vasca que no habita en el mar, sino en las profundidades de la tierra. Es descrita habitualmente como una gran serpiente o dragón que posee la habilidad de volar y la facultad de transformarse en hombre. El sacerdote y antropólogo José Miguel de Barandiarán —que fue mi profesor en la Universidad de Navarra— recoge en su Diccionario Mitológico esta fascinante historia: «En la región de Ataun se dice que SUGAAR atraviesa frecuentemente el firmamento en figura de una hoz o media luna de fuego. Su paso es presagio de alguna tempestad».

En otoño, las tempestades son siempre bienvenidas, limpian el ambiente y reinician la vida.

12 octubre, 2021

La geometría de las palabras [2]

La escritora Olga Tokarczuk recibía el Premio Nobel de Literatura de 2018 cuando el coronavirus empezaba a extenderse por la provincia de Wuhan. En su discurso de agradecimiento, Tokarczuk ofreció una lección sobre cómo afrontar la vida y tratar de mejorarla mediante un pequeño gesto humano que se encuentra casi arrinconado: la ternura. Partiendo de un emocionado recuerdo de un breve intercambio con su madre, defendía la necesidad de un "narrador tierno" que nos permita traer unidad y sentido a este mundo fragmentado.

Para esta novelista y activista polaca «la ternura es el arte de personificar, compartir sentimientos y, por lo tanto, descubrir similitudes». «La ternura —proseguía— es la forma más modesta de amor. Es una forma de mirar que muestra al mundo como vivo, interconectado, cooperando y codependiente de sí mismo».

En su libro Los errantes, nos regala este fascinante y delicioso relato:

RUTH
Después de la muerte de su mujer, un hombre confeccionó una lista de lugares que llevan el mismo nombre que ella: Ruth.
Encontró bastantes, no solo localidades sino también torrentes, asentamientos, colinas e incluso una isla. Dijo que lo hacía por ella y que le infundía ánimo la fe en que ella, de una u otra manera, seguía en este mundo, aunque solo fuera a través de su nombre. Y, además, que cuando se detenía al pie de una colina llamada Ruth, tenía la sensación de que su mujer no había muerto en absoluto, que seguía existiendo, solo que de otra manera.
Mount Ruth, Mount Rainier National Park, Pierce County, Washington. Image by Jeff Hollett.
Ruth Glacier, Denali National Park and Preserve, Alaska. Image by David Mark from Pixabay

El nombre construye la realidad. Nombres que gritamos a los cuatro vientos o nombres que susurramos en la oscuridad; nombres que designan o que titulan, que clasifican o que relacionan; nombres que amamos, que odiamos o que tememos, en ocasiones más aún que las personas o los objetos que representan.

Buscamos nombres en mapas y en carreteras solitarias, en listas académicas y electorales, en hospitales y en cementerios. También designamos cuando diseñamos un objeto o una marca. Como recordaba el pionero Yves Zimmermann, diseño y designio tienen la misma raíz verbal: la seña, el signo de una cosa, su aspecto propio, su esencia.

Alessandro Mendini creó el sacacorchos Anna G. como un "retrato de diseño". El nombre designa a una mujer real, la diseñadora Anna Gili, colaboradora durante mucho tiempo del atelier Mendini. Con este objeto, Mendini exploraba una antigua tradición que llevaba formas humanas a los utensilios de cocina. Y con ellas llegaba la palabra, el designio, el reconocimiento de su esencia. Desde entonces, el nombre, la silueta y el rostro de Anna G. se han convertido en una figura de culto.

Una enorme cantidad de objetos y de marcas han hecho del nombre no solamente una seña de identidad, sino un designio, un propósito, una visión. Otro de estos fascinantes objetos es Valentine, la máquina de escribir absoluta nacida del proyecto de Ettore Sottsass y Perry King para Olivetti hace más de 50 años. «El nombre Valentine es inglés, aunque no hay documentación escrita al respecto», explicaba Enrico Capellaro, empleado de Olivetti en Ivrea desde hace más de 40 años. «Hace unos meses Giorgio Colombo, fotógrafo que trabajaba en el estudio de Ettore Sottsass, me dijo que el nombre lo puso el propio diseñador, inspirándose en la canción "My funny Valentine" compuesta en 1937 para un musical y que luego se convirtió en una de las piezas de jazz más conocidas de la historia». La letra de la canción, interpretada a lo largo de los años por Miles Davis, Chet Baker, Ella Fitzgerald y Frank Sinatra, incluye este inspirador verso: «Yet you're my favorite work of art».

Como recordaba Fernando Beltrán, dar nombre es «dar el primer paso para conferir entidad a algo». La geometría tiene la misma tarea: hacer que exista, que pueda ser nombrado, que sea real. Ambos, la creación de un nombre y el diseño de un objeto, requieren descubrir narraciones, compartir sentimientos, rastrear resonancias, explorar analogías y metáforas, formular hipótesis... con respeto y sensibilidad. Ahora más que nunca necesitamos diseñar y designar desde el amor, desde la poesía, desde la ternura.

Olga Tokarczuk tiene razón. En este mundo fragmentado, irresponsable, competitivo y arrogante, necesitamos urgentemente diseñadores tiernos. «Es gracias a la ternura que la tetera comienza a hablar», comentaba.

05 octubre, 2021

La geometría de las palabras [1]

«El equipo de Renault construyó la palabra Twingo combinando el nombre de tres tipos de baile, TWist, SwINg y tanGO».

Con esta curiosa anécdota, el diseñador Iván Leal concluía en Supefluor un inspirador y ciudado apunte sobre la geometría de las palabras. La forma en que los humanos nombramos a los objetos configura de manera decisiva las posibilidades, expectativas y creencias que construyen nuestra relación con ellos. «Hasta un color puede cambiar de color si cambia su nombre», comentaba acertadamente este destacado especialista en narrativa y en experiencia de usuario.

Estos días estamos asistiendo a un interesante proceso para poner nombre a un volcán que ha transformado el paisaje de la isla de La Palma y ha puesto patas arriba el futuro de sus habitantes. Tras varios días de expulsar lava, piroclastos y cenizas, este formidable dragón no tenía nombre. Al contrario de lo que sucede con otros fenómenos naturales, no hay un mecanismo definido para dar nombre a los volcanes. Tajogaite, Tacande, Echedey, Todoque o Cabeza de Vaca son las principales denominaciones que han propuesto geólogos, paleontólogos o antropólogos. No es tarea fácil decidir cuál es el más indicado. Las borrascas como Filomena pasan, pero los volcanes permanecen anclados en los mapas de nuestra memoria.

Precisamente a pocos kilómetros de este volcán, en la isla de Tenerife, el psicólogo Wolfgang Köhler descubrió en 1929 el efecto Bouba/Kiki. En un fascinante experimento, Köhler mostró estas dos figuras a los participantes y les preguntó cuál de ellas se llamaba "Takete" y cuál se llamaba "Baluba".

Como tal vez hayáis supuesto, Köhler encontró una fuerte preferencia a asociar la forma puntiaguda con el nombre "Takete" y la ameba redondeada con el nombre "Baluba". En 2001, Vilayanur S. Ramachandran y Edward Hubbard repitieron el experimento usando las palabras "Kiki" y "Bouba", con resultados muy similares. Este sorprendente efecto sugiere que la forma en que los humanos damos nombre a las cosas no es completamente arbitraria. Asociamos el nombre "Bouba" a la forma redondeada porque la boca hace un movimiento más redondeado para producir el sonido, mientras que se necesita un movimiento más tenso y angular para producir el sonido "Kiki".

La presencia de estos mapeos sinestésicos sugiere que este efecto podría ser la base neurológica del simbolismo del sonido. Un experimento más reciente demostró la asociación del nombre "Lomba" con una marca ficticia de chocolate con leche y "Kitiki" con una marca ficticia de chocolate negro 90% cacao. Sin embargo, la creación de nombres para los productos de una compañía es un proceso mucho más poliédrico que lo que sugieren estos experimentos.

La relación entre el nombre de un objeto y sus características formales y materiales está construida sobre estructuras narrativas y connotaciones simbólicas que siempre señalan ideologías y creencias. Tal vez quien intuyó con mayor acierto esta enriquecedora y compleja relación entre la geometría y la palabra fue el escritor Paul Valéry.

En el libro Eupalinos o el aquitecto (1923), Valéry nos muestra a Sócrates y Fedro charlando sobre las ideas y las enseñanzas de Eupalinos, un arquitecto que, a fuerza de construir, acabó construyéndose a sí mismo. En un momento del debate, Sócrates habla sobre la expresión mediante formas geométricas para concluir con una fuerza arrolladora:

«No hay geometría sin la palabra. Sin ella, las figuras son accidentes, y no manifiestan ni sirven al poderío del espíritu.»

¿Qué geometría tiene este dragón que acaba de despertar? ¿Qué palabras elegiremos para narrar su historia? Diseñar y Designar siempre han sido las dos caras de una misma y maravillosa tarea.