05 julio, 2026

Elogio del charco

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (V)

Hay un charco esta mañana frente a la cafetería. Nadie lo ha diseñado. Nadie ha pedido permiso para que esté ahí. Las raíces de los tilos han deformado el pavimento y el agua se ha instalado en el hueco. Ha llegado con la calma soberana de quien sabe que tiene el tiempo y el derecho de estar ahí.

El diseño, sin embargo, lo había previsto todo para que no existiera.

Charco en el Paseo Campo de Volantín, Bilbao, 2026. Fotografía del autor.

Las pendientes del pavimento, los desagües, las juntas de expansión: la ciudad es una máquina sofisticada de eliminación de charcos. El agua debe irse. Debe circular, evacuarse, desaparecer antes de que nadie la pise. Los charcos no deberían existir en nuestras ciudades controladas, racionales, exactas. El charco es el error en el sistema, la señal de que algo ha fallado en la cadena de custodia del agua de lluvia.

Y sin embargo, aquí están, obstinados, pertinaces, eternos.

El diseño moderno quiso ordenar el mundo. «Diseñar es planificar y organizar, ordenar, relacionar y controlar», escribía Josef Albers en 1958. El diseño «abarca todos los medios para contrarrestar el desorden y el azar», proseguía el profesor Albers.

El diseñador y educador Victor Papanek lo expresaba en 1971 de manera aún más contundente: «el diseño es el esfuerzo consciente para imponer un orden significativo».

«Imponer orden.»

El ideal moderno de orden está profundamente ligado al ideal de control. En el fondo, ordenar es hacer el mundo más predecible, más seguro. Eliminar lo imprevisto. Reducir el margen de error.

Charco en el Paseo Campo de Volantín, Bilbao, 2026. Fotografía del autor.

Los objetos disidentes se parecen, en esto, a ese charco. Introducen un grado de incertidumbre: no eliminan el orden, sino que renuncian a clausurarlo. Dejan margen para que aparezca lo inesperado, para que el usuario, el tiempo o incluso otros seres vivos completen la forma del objeto. Dicho de otro modo: el orden deja de ser un estado y se convierte en una negociación continua.

Ese charco es la prueba del desorden de las cosas; una falta de ortografía en el tejido urbano; un accidente en el orden de la ciudad. Ocupa un espacio que no le corresponde según el plan, y al hacerlo, revela que el plan nunca era tan infalible como parecía. Hay siempre una grieta. Siempre un margen donde la realidad se cuela y hace lo que le da la gana.

El diseño moderno ha cultivado una larga tendencia hacia la clausura. Hacia la solución definitiva, la superficie impermeable, el sistema sin fugas. Pero la vida —y el agua es quizás su metáfora más honesta— tiene una tendencia igualmente obstinada hacia la apertura. Hacia el escape, la filtración, la aparición en el lugar menos esperado.

La grieta no es el fracaso del diseño. Es su conversación con lo real.

El charco nos habla de la diferencia irreductible entre el mapa y el territorio, entre el plano y la obra construida, entre la intención y el uso. Nos cuenta que el mundo siempre sabe más que el proyecto.

Hay una última cosa que el charco hace y que ningún diseñador habría pensado en especificar.

Refleja.

Charco en el Paseo Campo de Volantín, Bilbao, 2026. Fotografía del autor.

Esta mañana, frente a la cafetería, el charco tiene dentro otro cielo. Tiene las piernas invertidas de la gente que lo bordea. Tiene la fachada de enfrente, más esbelta en el agua que en el aire. Es un espejo accidental, instalado en el sitio más improbable, con una luz que los espejos de verdad raramente alcanzan.

Sin pretenderlo, sin saberlo, el charco produce una imagen que nos detiene. Nos hace mirar hacia abajo cuando estábamos mirando hacia adelante. Nos obliga a ver la ciudad al revés, suspendida, temblorosa, más frágil y más bella de lo que parece desde la posición habitual.

El diseño que aspira al control total pierde esta posibilidad. El sistema sin grietas no tiene charcos, pero tampoco tiene espejos inesperados. Gana en eficiencia lo que pierde en magia.

Durante siglos hemos pensado que el diseño pone orden en el mundo. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si las cosas más vivas y más bellas son precisamente aquellas que dejan siempre algo sin ordenar.

Algo que escapa.

Algo que se filtra.

Algo que, de pronto, refleja el cielo.

07 junio, 2026

La mirada de las cosas

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (IV)

Hace unos días recuperé una fotografía que tomé en ZhouZhuang, una pequeña ciudad situada muy cerca de Shanghai. Sus canales fluviales, sus calles sinuosas y su bien conservada arquitectura tradicional hacen de ella un destino inolvidable. La imagen muestra el interior de un taller de carpintería en madera. Sobre una tabla que actúa como improvisado banco de trabajo, se acumulan herramientas, virutas y pequeñas piezas a medio terminar. Bajo la tabla, aparece una silla vacía. El artesano no está. Quizá salió unos minutos a comer. Quizá está a punto de regresar para continuar su trabajo. Quizá aquel taller ya ni siquiera exista. La fotografía fue tomada en 2010 y durante años la observé simplemente como el recuerdo de un viaje familiar.

Taller de talla en madera, ZhouZhuang (China), 2010. Fotografía del autor.

Sin embargo, al volver a ella quince años después, he tenido la sensación de estar contemplando una escena distinta. Las herramientas seguían en el mismo lugar. La silla permanecía vacía. La luz continuaba entrando en el taller de la misma manera. Nada había cambiado y, sin embargo, algo era diferente. Por primera vez dejé de mirar aquellos objetos como simples instrumentos suspendidos entre dos momentos de actividad y empecé a percibir la escena como una realidad que continuaba existiendo por sí misma, incluso en ausencia de la persona que la había habitado.

Quizá lo que había cambiado no era la fotografía, sino mi mirada.

Durante siglos hemos aprendido a mirar el mundo desde una posición muy concreta. Los objetos aparecen en nuestras historias como elementos secundarios. Son herramientas, recursos, utensilios o escenarios. Están ahí para cumplir una función, para responder a una necesidad o para facilitar una acción. Los describimos a partir de lo que hacen por nosotros y rara vez nos detenemos a pensar qué ocurre cuando dejamos de situarnos en el centro de esa relación.

Tal vez por eso resulta tan difícil formular una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué sucede cuando intentamos observar el mundo sin asumir que nuestra mirada es la única que importa?

No se trata de atribuir conciencia a las cosas ni de imaginar que los objetos poseen pensamientos ocultos. La cuestión es mucho más modesta y, precisamente por eso, más perturbadora. Quizá hemos confundido durante demasiado tiempo el hecho de ocupar el centro de nuestra experiencia con el hecho de ocupar el centro del mundo. Son dos afirmaciones muy distintas, aunque a menudo las utilicemos como si fueran equivalentes.

Pienso en un árbol centenario.

Souto da Retorta. Eucalipto centenario en Chavín, Viveiro, Lugo, 2022. Fotografía del autor.

Durante años pasamos junto a él sin concederle demasiada atención. Lo observamos como quien contempla un elemento más del paisaje. Admiramos su tamaño, buscamos refugio bajo su sombra o nos detenemos un instante para fotografiarlo. El árbol aparece entonces como un objeto singular dentro de nuestra propia historia. Pero basta con detenerse un momento para que la situación empiece a invertirse.

Ese árbol estaba allí antes de nuestro nacimiento. Ha permanecido inmóvil mientras generaciones enteras de personas nacían, trabajaban, se enamoraban, envejecían y desaparecían. Ha visto transformarse los caminos, las ciudades y las costumbres. Ha asistido a acontecimientos de los que no conserva memoria humana, pero sí una presencia material obstinada. Y probablemente seguirá allí cuando nosotros ya no estemos.

En ese instante el árbol deja de parecer un objeto. No porque adquiera cualidades humanas, sino porque nuestra escala habitual deja de funcionar. Ya no somos nosotros quienes observamos algo situado frente a nosotros. Por un momento sentimos que somos nosotros quienes atravesamos el campo visual de una realidad mucho más antigua y mucho más estable que nuestra propia existencia.

Algo parecido ocurre con algunos ríos, con ciertas montañas o con las casas que han sido habitadas por generaciones sucesivas. Incluso ocurre, en una escala más modesta, con determinados objetos cotidianos que sobreviven a quienes los utilizaron. Una mesa heredada, una herramienta desgastada por décadas de uso o un reloj que ha pasado de una mano a otra parecen conservar algo que no encaja del todo en nuestra idea moderna de objeto. No porque estén vivos, sino porque participan de una temporalidad distinta.

La modernidad nos acostumbró a pensar que habitábamos un mundo compuesto por sujetos activos y objetos pasivos. Sin embargo, esa división empieza a resultar cada vez más difícil de sostener. No solo porque convivamos con sistemas inteligentes, algoritmos o infraestructuras capaces de actuar sin intervención directa. También porque comenzamos a sospechar que nuestra forma de describir la realidad era más estrecha de lo que imaginábamos.

Quizá nunca vivimos realmente en un mundo poblado por cosas completamente silenciosas. Quizá los objetos siempre participaron en la configuración de nuestras vidas, aunque prefiriéramos pensar que eran simples acompañantes de una historia cuyo protagonismo nos pertenecía por completo.

Y tal vez una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo consista precisamente en eso: no en descubrir nuevas capacidades técnicas, sino en aprender a mirar de otra manera. En reconocer que el mundo no está compuesto únicamente por aquello que observamos, sino también por aquello desde cuya presencia somos observados.

Quizá la pregunta más difícil no sea qué pueden hacer los objetos.

Quizá la pregunta verdaderamente incómoda sea qué ocurre cuando dejamos de considerarnos los únicos habitantes del mundo con derecho a una mirada.

24 mayo, 2026

Los objetos que nunca estuvieron quietos

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (III)

Hay culturas en las que las cosas nunca estuvieron completamente quietas.

No porque hablaran o pensaran. Ni siquiera porque actuaran de forma visible. Simplemente parecían poseer una presencia: una lámpara encendida al fondo de una habitación silenciosa; una tetera humeando lentamente mientras cae la lluvia; una bicicleta apoyada junto a una pequeña estación vacía; un tren atravesando lentamente un paisaje cubierto de niebla.

El Viaje de Chihiro, Hayao Miyazaki, Studio Ghibli, 2001.

En muchas películas de Studio Ghibli los objetos no son un mero decorado. Tampoco funcionan únicamente como herramientas. Habitan el mundo de una forma difícil de explicar. Permanecen ahí, acompañando silenciosamente la experiencia, como si conservaran una especie de memoria o de respiración propia.

Quizá por eso resulta tan difícil distinguir, en esos universos, dónde termina exactamente lo humano y dónde comienza el reino de las cosas. En las películas de Hayao Miyazaki, los objetos no parecen simples herramientas a nuestro servicio, pero tampoco llegan a comportarse como personajes. Simplemente están ahí, ocupando el mundo de otra manera: acompañan, observan, persisten.

No es casual que muchos de esos mundos estén profundamente atravesados por una sensibilidad cercana al sintoísmo, donde las cosas no son completamente inertes ni completamente separadas de la vida. Allí, incluso los objetos cotidianos parecen poseer una cierta continuidad espiritual.

El Castillo Ambulante, Hayao Miyazaki, Studio Ghibli, 2004.

Occidente ha pensado durante siglos los objetos como entidades pasivas. Materia organizada para cumplir una función. Herramientas al servicio de una voluntad exterior. Cosas inmóviles que esperan ser activadas por alguien.

Pero hay momentos en los que esa idea parece volverse insuficiente.

No solo ahora, con los sistemas inteligentes o los algoritmos predictivos. Mucho antes de todo eso, algunas culturas ya intuían que la relación entre las personas y las cosas era más compleja, más ambigua y quizá también más íntima.

Porco Rosso, Hayao Miyazaki, Studio Ghibli, 1992.

En ciertas tradiciones japonesas existe la idea de que los objetos, después de muchos años de existencia, pueden llegar a adquirir una forma elemental de presencia. No se trata exactamente de que cobren vida, sino de algo más difícil de nombrar: como si el tiempo, el uso y la convivencia dejaran una huella en ellos.

Tal vez por eso algunos objetos antiguos producen una sensación extraña. No parecen completamente inertes. Conservan algo. Una temperatura emocional difícil de explicar. Una especie de paciencia.

Quizá el problema contemporáneo no sea únicamente que los objetos hayan empezado a actuar. Quizá lo verdaderamente importante es que hemos olvidado cómo convivir con cosas que nunca fueron del todo silenciosas.

Y quizá por eso las películas de Studio Ghibli resultan hoy tan inquietantes y tan hermosas al mismo tiempo. Porque en ellas las cosas no obedecen del todo. Pero tampoco dominan.

Simplemente comparten el mundo con nosotros.

19 abril, 2026

El objeto que transforma la experiencia

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (II)

Hay objetos que, con el paso del tiempo, dejan de parecernos extraños. Se integran en nuestra vida cotidiana de tal manera que acaban volviéndose invisibles, como si siempre hubieran estado ahí. Forman parte del paisaje hasta el punto de que cuesta imaginar un mundo en el que no existieran.

Y, sin embargo, hubo un momento en el que no encajaban en el flujo de la experiencia.

No porque funcionaran mal o fueran defectuosos, sino porque hacían posible algo que antes no existía. Introducían una variación, a veces pequeña, pero suficiente como para alterar nuestra forma de ver y de estar en el mundo.

Ese instante inicial, en el que un objeto todavía no ha sido completamente asimilado, resulta especialmente interesante. Porque en él no estamos ante una mejora incremental ni ante una optimización de lo conocido, sino ante un desplazamiento en la experiencia. Algo cambia, aunque no siempre sepamos nombrarlo con precisión.

El Sony Walkman es un ejemplo especialmente claro de este tipo de transformación.

Sony Walkman. Akio Morita, Masaru Ibuka y Kozo Ohsone, 1979.

Antes de su aparición, escuchar música era, en gran medida, una actividad situada. Ocurría en un espacio concreto —un salón, una habitación, un coche— y, en muchos casos, implicaba una cierta dimensión compartida. La música pertenecía al entorno y, de algún modo, también a los demás.

Con la llegada del Walkman, esa relación se modifica de forma sutil pero profunda. La música deja de estar ligada a un lugar y pasa a acompañar al individuo. Se vuelve portátil, sí, pero sobre todo se vuelve íntima. Aparece la posibilidad de construir una burbuja personal en medio del espacio público, de recorrer la ciudad sin compartir necesariamente su sonido.

No se trata solo de un dispositivo que reproduce música. Se trata de un objeto que reorganiza una experiencia.

A partir de ahí, comienzan a transformarse aspectos que, hasta entonces, parecían estables: la forma de desplazarse, la percepción del entorno, la relación con los otros. Caminar por la calle escuchando música, abstraído del ruido exterior, pudo parecer en su momento extraño o incluso inapropiado. Sin embargo, con el tiempo, ese gesto se ha vuelto completamente natural.

Lo que en un primer momento no encajaba termina, poco a poco, redefiniendo lo que entendemos como normal.

Quizá ahí se puede situar una primera aproximación a lo que aquí llamo un objeto disidente. No tanto aquel que se opone frontalmente a lo existente, sino aquel que introduce una variación lo suficientemente significativa como para desplazar una experiencia y abrir la posibilidad de otras formas de vida.

Se trata de objetos que no se limitan a responder a necesidades previamente definidas, sino que participan en la configuración de nuevas sensibilidades, nuevos hábitos y nuevas maneras de relacionarnos con el mundo.

Por eso, tal vez, la pregunta relevante no sea únicamente si un objeto funciona o no, o si resuelve adecuadamente un problema, sino qué tipo de experiencia hace posible, qué formas de estar en el mundo introduce y cuáles, quizá sin que nos demos cuenta, deja atrás.

Tal vez no recordamos los objetos en sí,
pero sí las formas de estar en el mundo que hicieron posibles.

16 abril, 2026

Los objetos nos diseñan

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (I)

Durante mucho tiempo hemos dado por hecho que los objetos están ahí para servirnos.

Los hemos entendido como extensiones de nuestra voluntad: herramientas que amplifican nuestras capacidades, dispositivos que resuelven problemas, artefactos que obedecen. En ese marco, el diseño aparece como una disciplina orientada a la eficiencia, a la mejora, a la optimización de lo dado.

Pero esta idea, aparentemente intuitiva, es también profundamente incompleta.

Porque si observamos con más atención, empieza a aparecer otra posibilidad: que los objetos no solo responden a nuestras intenciones, sino que también las configuran. Que no son únicamente el resultado de decisiones humanas, sino también agentes que participan en cómo esas decisiones se forman.

No diseñamos objetos en el vacío. Diseñamos condiciones.

In-Mold Electronics — Sugaar Studio para CS Centro Stirling, 2021.

Un objeto, una vez introducido en el mundo, no se limita a cumplir su función. Modula comportamientos, organiza gestos, establece ritmos. Define lo que es fácil y lo que es difícil, lo que es visible y lo que permanece en segundo plano. En ese sentido, cada objeto contiene una pequeña arquitectura de posibilidades.

Un picaporte sugiere cómo entrar.
Una silla determina cómo sentarse.
Un teléfono redefine la distancia.

No son imposiciones explícitas, sino orientaciones silenciosas. Y sin embargo, esas orientaciones, repetidas en el tiempo, acaban sedimentando en hábitos. Y los hábitos, a su vez, en formas de vida.

Quizá por eso la idea de que “los objetos nos diseñan” no es una metáfora. Es una descripción bastante precisa de lo que ocurre en la práctica cotidiana.

No se trata de atribuir intencionalidad a las cosas, como si los objetos “quisieran” algo. Se trata más bien de reconocer que forman parte activa de los sistemas en los que vivimos. Que participan en la configuración de lo posible.

En este sentido, el diseño deja de ser únicamente una actividad proyectual y se convierte en algo más amplio: una práctica que interviene en la estructura misma de la experiencia.

Diseñar no es solo dar forma a un objeto.
Es intervenir en un campo de relaciones.

Y si esto es así, entonces la distinción entre sujeto y objeto empieza a volverse menos clara. Porque aquello que diseñamos también nos devuelve una forma. Nos moldea, nos limita, nos habilita.

Tal vez nunca hemos sido completamente autónomos. Tal vez siempre hemos estado, en algún grado, diseñados por las cosas que nos rodean.

Pensar en los objetos de este modo implica desplazar la mirada. Dejar de verlos como entidades pasivas y empezar a entenderlos como elementos activos dentro de una red más amplia. Y es en ese desplazamiento donde empieza a aparecer otra categoría posible: la de los objetos disidentes.

Objetos que no se limitan a reforzar lo existente, sino que introducen desviaciones. Que no solo facilitan, sino que interrumpen. Que no se alinean completamente con las expectativas que proyectamos sobre ellos. Objetos que, de algún modo, nos obligan a reconsiderar cómo vivimos.

Quizá no porque tengan una intención propia, sino porque abren un espacio en el que nuestras propias certezas dejan de ser suficientes.

Tal vez nunca hemos estado del todo solos al diseñar.

24 diciembre, 2025

La materia de la memoria

A lo largo del año que está a punto de terminar nos han dejado varios diseñadores, arquitectos y pensadores cuya obra transformó nuestra manera de habitar, mirar y comprender el mundo material. Cada uno de ellos contribuyó, desde lenguajes y disciplinas distintas, a expandir la cultura del diseño y a cuestionar sus límites.

Sus objetos, edificios, ideas y gestos siguen entre nosotros: persisten como huellas, referencias y semillas de futuros posibles.

Este es nuestro pequeño homenaje a quienes, con su trabajo, hicieron más ancho y más complejo el territorio del diseño contemporáneo:

Dennis Crompton (1935–2025)
Miembro fundamental de Archigram, Crompton fue uno de los grandes agitadores del imaginario arquitectónico del siglo XX. Su trabajo, siempre experimental, ayudó a expandir las fronteras de lo posible mediante visiones móviles, tecnológicas y radicales. Su papel como archivista y memoria viva del grupo fue, además, decisivo para preservar un fascinante legado que sigue inspirando a muchos jóvenes diseñadores.

Léon Krier (1946–2025)
Teórico y urbanista imprescindible para entender el neotradicionalismo europeo y la crítica al urbanismo moderno. Krier defendió con convicción una ciudad compacta, legible, humana, basada en tipologías perdurables. Figura polémica y brillante, su influencia alcanza tanto a los defensores del “nuevo urbanismo” como a quienes lo discuten con pasión.

Ricardo Scofidio (1935–2025)
Co-fundador de Diller + Scofidio, Ricardo Scofidio fue una de las voces más lúcidas y críticas de la arquitectura contemporánea. Su trabajo exploró las fronteras entre arte, performance, tecnología y espacio público, desde instalaciones pioneras hasta proyectos emblemáticos como el High Line de Nueva York. Fue, ante todo, un pensador que entendió la arquitectura como un acto cultural profundamente político.

Yrjö Kukkapuro (1933–2025)
Maestro del diseño finlandés y defensor incansable de la ergonomía como ética y como poética. Kukkapuro creó piezas que unían investigación, técnica y humanidad: la célebre silla Karuselli y sus estudios experimentales con materiales compuestos marcaron generaciones. Su legado perdura como una lección de cómo la esencia del diseño puede ser, al mismo tiempo, rigor y libertad.

Jorge Pensi (1946–2025)
Figura clave del diseño español contemporáneo, Pensi logró dotar a sus piezas de una claridad formal que parecía inevitable. La silla Toledo, convertida en icono internacional, sintetiza su capacidad para unir industrialización, elegancia y memoria mediterránea. Su obra completa —muebles, luminarias, interiores— seguirá iluminando el paisaje del diseño por muchos años.

William L. “Bill” Porter Jr. (1937–2025)
Diseñador automovilístico estadounidense cuya carrera en General Motors contribuyó a definir el imaginario visual del automóvil norteamericano de finales de los años sesenta. Desde su trabajo en Pontiac y Buick, Porter participó en la construcción de siluetas exuberantes y dinámicas que hicieron del coche un objeto de deseo: formas alargadas, tensiones controladas y superficies expresivas que aún hoy condensan una época.

Robert A. M. Stern (1939–2025)
Arquitecto estadounidense y referente del clasicismo contemporáneo, Stern defendió una modernidad capaz de dialogar con la historia sin nostalgia ni dogmatismos. Su obra —desde campus universitarios hasta edificios residenciales de gran influencia tipológica— combina disciplina, armonía y una visión urbana de largo alcance. Su figura marcó el debate arquitectónico de las últimas décadas.

Frank Gehry (1929–2025)
Figura central de la arquitectura contemporánea y autor de algunos de los monumentos urbanos más cinematográficos del último medio siglo. Gehry convirtió el material en gesto —desde el Guggenheim Bilbao Museoa a la célebre Wiggle Chair— y taladró la rigidez modernista con formas escultóricas que cambiaron la manera en que las ciudades se piensan y se promocionan. Su obra, polémica y celebrada a la vez, nos recuerda que el diseño y la arquitectura pueden ser, al mismo tiempo, espectáculo, ensayo técnico y catalizador social.

Que la tierra os sea leve, maestros.

23 diciembre, 2025

Let’s Design a Beautiful 2026!

El año que se avecina es como un sendero desconocido, lleno de paisajes por descubrir, proyectos por explorar y momentos que quedarán en nuestra memoria.

Para celebrarlo, un cascabel de hielo en forma de sphericon, un fascinante cuerpo geométrico que posee una única cara, dos aristas semicirculares y cuatro vértices que definen un cuadrado.

Que este año 2026 esté lleno de aventuras inolvidables, alegría, curiosidad e imaginación en cada paso.

¡Feliz Año Nuevo!