14 septiembre, 2026

El desorden de las cosas

Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (VII)

Chiang Rai, Tailandia, agosto de 2025. (Fotografía del autor)

Hay calles en las que el cielo se ha llenado de cicatrices. Cables que se cruzan, se ignoran, se trepan unos sobre otros: telefonía, electricidad, televisión por cable, capas y capas de infraestructura tendidas durante décadas sin que nadie se ocupara de ordenarlas. Vistas desde abajo, contra la luz de la tarde, parecen dibujar algo parecido a una caligrafía nerviosa, un garabato que nadie quiso escribir y que sin embargo ahí queda, temblando entre los postes.

Es fea. Es peligrosa. Y sin embargo, algo en esa maraña nos detiene. Algo ingenuo y terriblemente humano se esconde en ese abandono de las líneas. La imperfección cotidiana, el descuido de las cosas, la sencilla desidia siempre nos estremece. Y también nos conmueve.

Quizás porque en esa maraña hay una verdad que el diseño ha intentado silenciar: el mundo no tiende naturalmente al orden. Se desordena solo, con la paciencia y la confianza de quien no tiene prisa. Ordenar cuesta trabajo, vigilancia, una decisión consciente que hay que renovar cada día. Y en cuanto apartamos la vista, las cosas —los cables, las palabras, los afectos— vuelven, mansamente, a enredarse.

El siglo que quiso ordenarlo todo

Durante buena parte del siglo XX, diseñar fue sinónimo de imponer orden. Un orden significativo, casi moral: si la forma era correcta, la vida que la habitaba también lo sería.

Piet Mondrian, Composition No. II, with Red and Blue, 1929. MoMA, julio de 2023. (Fotografía del autor)

De Stijl lo llevó a su expresión más pura. Piet Mondrian, Theo Van Doesburg, Gerrit Rietveld y sus compañeros de movimiento redujeron el mundo visual a líneas rectas, ángulos de noventa grados y los tres colores primarios. No era solo una cuestión estética. Era una convicción: existe un orden universal detrás del caos aparente de las formas, y el trabajo del artista y del diseñador consiste en revelarlo, en depurar la realidad hasta dejar solo su esqueleto geométrico.

Massimo Vignelli et alt., New York Subway Map, 1970-1972. (Imagen: domus)

Medio siglo después, Massimo Vignelli aplicó una lógica parecida al metro de Nueva York. Su mapa de 1972 no representaba la ciudad tal y como es, sino tal y como convenía entenderla: abstrajo las líneas en ángulos de 45 y 90 grados, sacrificó la fidelidad geográfica en nombre de la claridad, y convirtió un territorio irregular y caótico en un diagrama limpio, casi musical. Fue tan radical que acabó siendo sustituido por un mapa más realista. Sin embargo, décadas después, sigue siendo una pieza de culto entre los diseñadores. El orden, cuando es hermoso, sobrevive incluso a su propio fracaso funcional.

Ambos casos comparten una misma fe: el desorden es un problema a resolver, y resolverlo bien es la más alta aspiración del diseño.

La vida se resiste

Pero hay una ley que ningún diseñador puede derogar. La entropía —el grado de desorden de un sistema— aumenta siempre en todo proceso natural. No es una opinión estética. Es un principio físico. El universo, dejado a su aire, no tiende hacia la línea recta. Tiende hacia la dispersión, la mezcla, el ruido. Ordenar es siempre nadar contracorriente.

Y sin embargo, hay desórdenes que en vez de rechazar, celebramos.

El trébol de cuatro hojas es el ejemplo más antiguo: una anomalía genética, un error de desarrollo en una planta que normalmente produce tres foliolos, convertido durante siglos en el símbolo universal de la buena suerte y la prosperidad. No lo consideramos un fallo de la naturaleza. Lo enmarcamos, lo guardamos entre las páginas de un libro, lo regalamos.

Jeremy, el caracol sinistral, sobre un caracol dextral. (Imagen: Wikipedia)

Algo parecido, pero mucho más reciente, le ocurrió a un caracol de jardín inglés al que sus descubridores llamaron Jeremy. Su concha, por una rarísima anomalía del desarrollo, se enroscaba hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha, una mutación que solo ocurre una vez en cada millón de individuos. La consecuencia era casi cómica: no podía aparearse con caracoles normales, porque hasta sus órganos estaban invertidos. Cuando la noticia se hizo pública, medio mundo se puso a buscarle pareja. Jeremy se convirtió en una celebridad accidental, no a pesar de su desorden genético, sino gracias a él.

La vida nos enseña que siempre hay cosas que se desvían, que se cruzan, que invierten su dirección, que se resisten a ocupar el lugar que les corresponde. El trébol y el caracol nos dicen lo mismo desde reinos distintos: la desviación de la norma no siempre nos repele. A veces nos fascina precisamente porque es rara, porque interrumpe la monotonía de lo esperable. Ya desde antes de que el diseño existiera como disciplina, la cultura humana llevaba siglos practicando el elogio del desorden.

Diseñar el desorden

Algunos diseñadores decidieron tomarse esto en serio. ¿Puede el desorden ser también una forma de diseño?

Gerrit Rietveld, el mismo que había dedicado su vida al orden geométrico en De Stijl, terminó su carrera diseñando una silla que rompía su propio evangelio. La Steltman, de 1963, es una composición de planos de madera ensamblados en un equilibrio deliberadamente asimétrico, una escultura disfrazada de asiento.

Gerrit Rietveld, Steltman Chair, 1963. (Imagen: Rietveld Originals)

Aquí conviene detenerse, porque hay algo que no cuadra del todo. Rietveld no diseñó una silla, sino dos versiones especulares, una orientada a la izquierda y otra a la derecha, pensadas para que las parejas se sentaran frente a frente para elegir sus anillos de boda en la joyería Steltman de La Haya. Cada una, por separado, es un desafío al equilibrio. Pero juntas, enfrentadas, recomponen exactamente la simetría que parecían haber abandonado. El desorden individual se disuelve en un orden de pareja. ¿Es esto una silla que desordena, o el orden de De Stijl regresando por la puerta de atrás, disfrazado de rebeldía?

No tengo una respuesta cerrada. Y quizás no haga falta tenerla: puede que la Steltman no sea tanto una excepción a nuestro argumento como una advertencia útil. El desorden casi nunca es total. Casi siempre negocia, a otra escala, con algún tipo de orden diferente.

Eileen Gray, Non Conformist Chair, 1926. (Imagen: Aram)

La Non-Conformist de Eileen Gray no ofrece esa salida. Diseñada en 1926, es un sillón de estructura tubular que presenta un reposabrazos acolchado y cómodo en un lado, mientras que el otro lado está abierto, reducido a un tubo bajo e inclinado de acero cromado. Esta asimetría nunca fue una elección estética superficial: era una respuesta lógica al comportamiento humano, inherentemente inquieto. Gray no buscaba un gesto simbólico, buscaba comodidad real, la que permite al cuerpo inclinarse hacia un lado sin obstáculo. No hay una segunda silla que la complete. Su asimetría no se resuelve en ninguna parte. Se sostiene sola, cómoda en su desequilibrio.

Ron Arad, Bookworm, Kartell, 1994. (Imagen: Kartell)

El Bookworm de Ron Arad es aún más radical. No es una estantería: es una tira flexible que cada usuario dobla, curva y atornilla a la pared según su propio criterio. Fue presentada originalmente en la Feria del Mueble de Milán de 1993, primero como pieza única en acero, y pronto producida en masa en PVC inyectado por Kartell. No hay dos Bookworms iguales en el mundo, porque el diseño renuncia deliberadamente a fijar la forma final. Frente a la estantería tradicional —esa rejilla ortogonal que organiza los libros por temática, por colecciones, por orden alfabético— el Bookworm devuelve la decisión al caos cotidiano de cada casa. El desorden, aquí, no es un accidente que hay que disimular. Es desobediencia domesticada.

Equilibrio, no solución

Quizás la lección de estos tres objetos no sea que el desorden haya vencido al orden. Es más incómoda que eso: no hay victoria posible entre los dos, porque nunca estaban jugando la misma partida.

Diseñar ya no consiste en imponer un orden total, ni trazar una línea recta que salve al mundo de sí mismo, como soñaron muchos diseñadores durante buena parte del siglo pasado. Pero tampoco consiste en abandonar el control y dejar que todo se enrede, como los cables sobre nuestras cabezas. Diseñar, hoy, es afinar un instrumento de cuerda que nunca deja de estar en tensión.

El orden aporta estructura, eficiencia, claridad, cosas que necesitamos para no perdernos. Pero un exceso de orden nos deja sin asombro, sin fricción, sin la belleza imprevisible de lo vivo. El desorden aporta dinamismo, singularidad, la sensación de que un objeto ha sido tocado por una mano humana y no solo calculado por un algoritmo. Pero un exceso de desorden nos deja sin referencias, sin la posibilidad de habitar el mundo con algo de armonía.

Demasiado orden nos deja en silencio. Demasiado desorden nos sumerge en el puro ruido.

El buen diseño no elige bando. Tensa la cuerda hasta el punto exacto en que empieza a vibrar con la nota adecuada. Y ni un milímetro más.

No hay comentarios: