Notas para un ensayo sobre objetos disidentes (V)
Hay un charco esta mañana frente a la cafetería. Nadie lo ha diseñado. Nadie ha pedido permiso para que esté ahí. Las raíces de los tilos han deformado el pavimento y el agua se ha instalado en el hueco. Ha llegado con la calma soberana de quien sabe que tiene el tiempo y el derecho de estar ahí.
El diseño, sin embargo, lo había previsto todo para que no existiera.
Las pendientes del pavimento, los desagües, las juntas de expansión: la ciudad es una máquina sofisticada de eliminación de charcos. El agua debe irse. Debe circular, evacuarse, desaparecer antes de que nadie la pise. Los charcos no deberían existir en nuestras ciudades controladas, racionales, exactas. El charco es el error en el sistema, la señal de que algo ha fallado en la cadena de custodia del agua de lluvia.
Y sin embargo, aquí están, obstinados, pertinaces, eternos.
El diseño moderno quiso ordenar el mundo. «Diseñar es planificar y organizar, ordenar, relacionar y controlar», escribía Josef Albers en 1958. El diseño «abarca todos los medios para contrarrestar el desorden y el azar», proseguía el profesor Albers.
El diseñador y educador Victor Papanek lo expresaba en 1971 de manera aún más contundente: «el diseño es el esfuerzo consciente para imponer un orden significativo».
«Imponer orden.»
El ideal moderno de orden está profundamente ligado al ideal de control. En el fondo, ordenar es hacer el mundo más predecible, más seguro. Eliminar lo imprevisto. Reducir el margen de error.
Los objetos disidentes se parecen, en esto, a ese charco. Introducen un grado de incertidumbre: no eliminan el orden, sino que renuncian a clausurarlo. Dejan margen para que aparezca lo inesperado, para que el usuario, el tiempo o incluso otros seres vivos completen la forma del objeto. Dicho de otro modo: el orden deja de ser un estado y se convierte en una negociación continua.
Ese charco es la prueba del desorden de las cosas; una falta de ortografía en el tejido urbano; un accidente en el orden de la ciudad. Ocupa un espacio que no le corresponde según el plan, y al hacerlo, revela que el plan nunca era tan infalible como parecía. Hay siempre una grieta. Siempre un margen donde la realidad se cuela y hace lo que le da la gana.
El diseño moderno ha cultivado una larga tendencia hacia la clausura. Hacia la solución definitiva, la superficie impermeable, el sistema sin fugas. Pero la vida —y el agua es quizás su metáfora más honesta— tiene una tendencia igualmente obstinada hacia la apertura. Hacia el escape, la filtración, la aparición en el lugar menos esperado.
La grieta no es el fracaso del diseño. Es su conversación con lo real.
El charco nos habla de la diferencia irreductible entre el mapa y el territorio, entre el plano y la obra construida, entre la intención y el uso. Nos cuenta que el mundo siempre sabe más que el proyecto.
Hay una última cosa que el charco hace y que ningún diseñador habría pensado en especificar.
Refleja.
Esta mañana, frente a la cafetería, el charco tiene dentro otro cielo. Tiene las piernas invertidas de la gente que lo bordea. Tiene la fachada de enfrente, más esbelta en el agua que en el aire. Es un espejo accidental, instalado en el sitio más improbable, con una luz que los espejos de verdad raramente alcanzan.
Sin pretenderlo, sin saberlo, el charco produce una imagen que nos detiene. Nos hace mirar hacia abajo cuando estábamos mirando hacia adelante. Nos obliga a ver la ciudad al revés, suspendida, temblorosa, más frágil y más bella de lo que parece desde la posición habitual.
El diseño que aspira al control total pierde esta posibilidad. El sistema sin grietas no tiene charcos, pero tampoco tiene espejos inesperados. Gana en eficiencia lo que pierde en magia.
Durante siglos hemos pensado que el diseño pone orden en el mundo. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si las cosas más vivas y más bellas son precisamente aquellas que dejan siempre algo sin ordenar.
Algo que escapa.
Algo que se filtra.
Algo que, de pronto, refleja el cielo.



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